Mutilados de guerra y minas antipersona en Chahid Chreif Campamentos Saharauis.

Artículo de Rebeca Mateos Herraiz en “Periodismo Humano.com”

Artículo en “Periodismo Humano”
por Rebeca Mateos Herraiz. 
30 de mayo de 201210799746_10152833960332370_1400616028_n
Conversamos con los habitantes de Chahid Chreif, el único centro de mutilados de guerra y minas antipersona de Sáhara Occidental y que se está viendo afectado por los recortes en los presupuestos de cooperación al desarrollo
“No os olvidéis de nosotros, por favor. Seguimos necesitando vuestra ayuda”
Conversamos con los habitantes de Chahid Chreif, el único centro de mutilados de guerra y minas antipersona de Sáhara Occidental y que se está viendo afectado por los recortes en los presupuestos de cooperación al desarrollo.

Bwina Mahmud Tiab perdió su pierna izquierda cuando tenía 12 años. Fue hace 34, al volver de viaje de los territorios del Sáhara ocupados por Marruecos a los que había ido a visitar a su familia que permanecía allí tras la invasión marroquí. El resto de la familia vivía junto a ella en el campamento de refugiados del Aaiún (Sáhara Occidental), donde se dirigían de vuelta. Antes de llegar, una mina se cruzó en su camino haciendo estallar la camioneta en la que viajaban. “No recuerdo nada del momento, sólo que cuando desperté ya me encontraba en el hospital de Tindouf (Argelia)”. Su familia resultó herida en la explosión, pero no de gravedad. Ella fue la que peor parada salió. “Estuve durante más de 3 meses llorando día y noche. Fueron momentos muy duros para mí. Yo era una niña y mi vida cambió por completo: no podía salir a jugar con mis amigas, saltar, calzarme…” Cuando Bwina perdió su pierna, su madre ya había muerto y su padre vivía en el Aaiún ocupado por Marruecos, separado de ella y sus 2 hermanas -una mayor y otra más pequeña-. Sin la posibilidad de agruparse en un lugar todos juntos, no les quedó más remedio que salir las 3 solas adelante con la ayuda de su abuela y sus primas. “Yo no tuve ningún tipo de ayuda psicológica, fue el apoyo de mis familiares y amigos lo que me hizo salir adelante. Entendí gracias a ellos que a pesar de que me faltaba una pierna, yo seguía siendo una persona normal”. Su voz es firme cuando lo cuenta y su rostro sereno. Al llegar a este punto de la conversación se para unos segundos para reflexionar y a continuación añade: “Yo no soy más que una de los miles de saharauis que se han sacrificado por su país. Lo más sagrado para mí era mi cuerpo y mi juventud que se lo he regalado a mi patria. Lo que más me duele, más allá de lo que me ha sucedido a mí, es ver la situación de abandono en la que vive mi pueblo en los campamentos de refugiados de Argelia. Lo que más desearía en el mundo es volver a ver el Sáhara libre y poder vivir bajo su bandera”, lo comenta mientras le pide a una de sus hijas que le acerque la bandera del Sáhara que está visible en la estancia en la que habita. La quiere para pasársela a su nieta pequeña que está junto a ella y así que la pueda hacer hondear.

Desde el año 2004 Bwina vive en Chahid Chreif, un centro de mutilados de guerra y minas antipersona. El único que existe en el Sáhara Occidental de estas características. El centro está situado en el campamento de Rabuni, punto de concentración administrativo-político de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), y a unos 60 kilómetros de distancia atravesando la hammada -desierto pedregoso, caracterizado en gran parte por su paisaje árido, duro, de mesetas rocosas y con muy poca arena- del campamento en el que creció: el Aaiún. Como Bwina actualmente viven diariamente en Chahid Chreif  alrededor de 20 personas que tal y como le sucedió a ella fueron mutiladas por minas antipersona durante o después de la guerra. “La vida en el campamento en estas circunstancias se hacía muy dura”, dice Bwina, fue por eso por lo que decidió trasladarse al centro a vivir. “Estando en el centro se sienten tranquilos, relajados, pueden recibir un tratamiento específico para su dolencia, se trata la diabetes que algunos padecen a causa de las heridas y también se les da soporte psicológico para seguir adelante. Esta gente de todos modos, tiene una voluntad muy grande de vivir”, cuenta a Periodismo Humano Baha Mohamed, subdirector de sanidad de Chahid Chreif.

Este centro funciona desde 1998 como hospital en el que los mutilados con necesidad de cuidados diarios viven permanentemente en él junto a varios miembros de su familia, para que no se sientan solos. “Normalmente son 2 ó 3 los familiares que les acompañan, pero se dan casos en los que se supera esa cifra”, comenta Lewa Larosse, director general de sanidad del centro. Este es el caso de Bwina, que vive en él con sus 2 hijas, su sobrina, la mujer de su hijo y su nieta. El resto de mutilados que no necesitan esos cuidados diarios, y puesto que en él no hay sitio para todos, viven repartidos por los distintos campamentos y van al centro a recibir tratamiento en momentos puntuales, “a veces nos desplazamos nosotros a buscarlos”, señala Larosse.
Todos los años llegan casos nuevos de mutilaciones a Chahid Chreif. Tras la retirada de España del Sáhara Occidental en 1975, se impuso una guerra sangrienta contra el pueblo saharaui por el Reino de Marruecos y el régimen de Ould Dada en Mauritania, con el respaldo de varias potencias mundiales, entre ellas Francia. A consecuencia de esta guerra, el territorio saharaui es uno de los más contaminados por minas y restos de explosivos del planeta. En la década de los años 80, Marruecos empezó a levantar una muralla de arena y piedra de más de 2.700 kilómetros de longitud conocida como el muro de la vergüenza, que divide  los territorios del Sáhara ocupados por Marruecos desde 1975, y los campamentos de refugiados en Argelia. Dicho muro permanece rodeado por campos donde hay millones de minas antipersona, bombas de racimo y demás restos de explosivos que han causado y siguen causando mutilaciones y muertes de cientos de víctimas civiles, incluidos niños. Organizaciones como Acción contra la Violencia Armada (Landmine Action), que ha conseguido limpiar más de 21 millones de metros cuadrados de los territorios liberados del Sáhara Occidental y la destrucción de más de 22.000 explosivos, ayudan a que cada año el número de víctimas disminuya. “Notamos que el número de casos es menor cada año gracias al trabajo de las organizaciones que se encargan de limpiar la zona y de dar consejos a los nómadas que la habitan, para que no se topen con minas”, señala Larosse. Pero el problema es que todavía existen muchas personas mutiladas -es muy difícil determinar con exactitud cuántas, ya que no existe ningún control específico sobre el tema, pero intuyen que pueden ser más de las 110 que tienen localizadas hasta la fecha-, que necesitan cuidados específicos que por falta de medios, no se les pueden ofrecer como deberían. “Los medicamentos que nos llegan no son suficientes y muchas veces ni tan siquiera son específicos para el tratamiento de cada uno, llegando a estar en ocasiones hasta caducados”, señala Larosse que prosigue: “desde el año pasado hemos notado en el centro bastante la crisis en España,  ya que es uno de los países de los que siempre hemos recibido más ayuda, y no sólo de medicamentos, sino también de alimentos destinados a la gente que vive en el centro de forma permanente- que rodan las 400 personas durante el verano, entre pacientes y familiares-. Desde el año pasado estamos viendo como esta ayuda a causa de los recortes en cooperación es cada vez más escasa”. El ejecutivo presidido por Mariano Rajoy ha aprobado recientemente un recorte en Cooperación de 1.400 millones de euros para este año, 600 de los cuales eran específicamente retraídos de la Ayuda Oficial al Desarrollo. Pero tal y como señala el propio Larosse, ya el Gobierno presidido por Zapatero anunció en 2010 un tijeretazo de más de 600 millones de euros destinados a este fin.

Además de alimentos y comida, la ayuda que les llega a Chahid Chreif es destinada a mejorar las habitaciones en las que duermen los pacientes. “Los techos del centro son de chapa”, dice el vicepresidente de salud, Mohamed, “entonces la gente que no se puede mover de la cama, cada vez que llueve se moja. Los inviernos son muy duros aquí, debido a que hace muchísimo frío. En esa época del año la mayor parte de los pacientes deciden irse a sus campamentos, en los que están peor atendidos en cuanto a cuidados sanitarios se refiere”.
Hay quienes ni tan siquiera tienen un hogar al que acudir los duros inviernos, como es el caso de Bachari Said Adaf, parapléjico de cintura para abajo a causa de una explosión durante una batalla en 1981. Fue herido mientras cuidaba a los camellos. Bachari no tiene familia que se pueda hacer cargo de su situación. Antes de que esto le sucediera, hace 29 años, vivía como nómada en el desierto, “una vida que me hacía feliz”, comenta. Cuando se le pregunta si tanto sufrimiento le ha merecido la pena, contesta sin dudar ni un segundo: “vivimos en una situación en la que sabemos lo que hacemos y aceptamos cualquier cosa que nos pase por la causa. La guerra necesita víctimas, motivos, heridos, acusados… lo entendemos y lo aceptamos”. Pero como cualquier ser humano en una situación semejante a la suya Bachari también se debilita psicológicamente por momentos al pesar que tras esos 29 años, de los 58 que tiene de vida, se los ha pasado postrado en una cama si ver ningún tipo de avance al respecto. “Hay generaciones de saharauis que han nacido ni en guerra, ni en paz. Viven en una provisionalidad continua. De seguir así, veo pocas posibilidades de que el Sáhara algún día sea libre. Creo que la solución es coger las armas y luchar de nuevo y espero que si eso pasa el pueblo español,  no sus gobernantes de los cuales no esperamos nada, sino la gente del pueblo, siga estando a nuestro lado. Liberemos al Sáhara o muramos todos”.

Nasar Nazinsalek también vive en Chahid Chreif. Su caso no es el de víctima, sino el de acompañante. Cuando Nasar nació a su padre ya le faltaba el brazo derecho, así como también tenía ya completamente inmovilizada esa misma parte de su cuerpo de la cabeza a los pies. Fue a causa de un tiroteo directo en el que se vio envuelto contra el ejército marroquí durante la batalla de Smara en 1981.
A partir del año 2003, tras la muerte de su madre, Nasar decide trasladarse a vivir con su padre a Chahid Chreif. A pesar de que con ella son 4 hermanas en total, Nasar, la pequeña,  es la que se encarga de cuidarlo. “Mis hermanas vienen y me relevan para que yo descanse algunos días, pero soy yo la que me encargo de sus cuidados. Siempre fui la que más apegada estuve a él”. Desde la mañana temprano Nasar se encarga de levantarlo, darle de comer, cambiar su ropa, velar porque los medicamentos que le corresponde los tome, y cuando no es muy fuerte, dar un paseo bajo el sol. A la dolencia de Nazin Salec, el padre de Nasar, se le unen sus 92 años de edad que tiene. Durante el rato que estamos juntos se observa cómo Nasar está completamente pendiente de su padre en todo momento. Lo incorpora con delicadeza de la alfombra en el suelo en la que permanece recostado, para ver qué tal está. Su padre, apenas incapaz de articular palabra, le dice que necesita descansar. “Me duele mucho pensar que mi padre lo ha estado pasando mal durante todo este tiempo. Sería feliz si su situación y la de todas las personas que están como él mejorara”. Nasar como la mayor parte de las chicas saharauis de su edad (26 años), no renuncia a encontrar una pareja con la que formar una familia. “Eso sí”, comenta, “mi padre estará siempre a mi lado, esté yo casada o no. Y si no puede ser, renunciaré al matrimonio hasta que mi padre no esté conmigo”. Las palabras de Nasar expresadas en apenas un hilo de voz aseguran llevar bien esta situación, pero su rostro expresa un sufrimiento difícil de ocultar.