La ONU lanza un SOS ante la falta de fondos para alimentar a los refugiados saharauis – DIARIO DE UN NIÑO REFUGIADO

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La ONU lanza un SOS ante la falta de fondos para alimentar a los refugiados saharauis

lainformacion.com

miércoles, 25/02/15 – 14:26 http://noticias.lainformacion.com/

El Programa de Mundial de Alimentos (PMA), la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y el Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) alertaron este miércoles de la falta de financiación para proporcionar ayuda alimentaria a la población refugiada en Sáhara Occidental durante la segunda mitad de este año.
Por ello, las tres agencias de Naciones Unidas con presencia en Argeliahicieron un llamamiento a los donantes para que aporten fondos, según informó el PMA, que se enfrenta a un déficit de 10 millones de dólares (unos 8,8 millones de euros) hasta finales de 2015.
La directora adjunta del PMA en Argelia, Francesca Caponera, señaló que los refugiados saharauis “viven en un área desértica cerca de la ciudad deTinduf, donde las condiciones son extremadamente duras y dependen en gran medida de la asistencia humanitaria para sobrevivir”.
“La suspensión de la asistencia alimentaria del PMA tendría un impacto severo en la seguridad alimentaria y el estado nutricional de la población refugiada, así como consecuencias impredecibles para la estabilidad de la zona”, añadió.
Por su parte, Ralf Gruenert, representante de Acnur en Argelia, indicó que “la proliferación sin precedentes de emergencias humanitarias alrededor del mundo ha eclipsado la prolongada crisis de los refugiados saharauis y ha impactado de manera negativa en el apoyo de los donantes”.
“La asistencia alimentaria se ha visto particularmente afectada y, a menos que haya nueva financiación disponible, las Naciones Unidas se verán forzadas a suspender parte de su asistencia en julio de 2015”, advirtió.
MENOS ALIMENTOS EN LA CESTA
Thomas Davin, representante de Unicef en Argelia, admitió que existe una “gran preocupación” entre la población de los campamentos por la reducción de la ayuda alimentaria, ya que “sus mecanismos para hacer frente a la situación son muy escasos”.
“Las agencias de Naciones Unidas que trabajamos en los campamentos nos hemos unido para que estos refugiados no sean olvidados y sus necesidades de supervivencia sean cubiertas”, añadió.
A través de su operación en los campamentos de Tinduf, el PMA (la mayor organización humanitaria del mundo en la lucha contra el hambre) suministra mensualmente 90.000 raciones alimentarias generales y 35.000 raciones suplementarias a las personas más vulnerables.
La cesta de alimentos incluye una variedad de productos básicos con un valor nutricional equivalente a 2.166 kilocalorías por persona y día, la ingesta diaria recomendada en este tipo de contextos.
Para hacer frente a la insuficiencia de fondos, el PMA ha comenzado a reducir el número de productos de la cesta de alimentos de nueve a siete y ya no suministra judías y garbanzos. La ración se compone ahora de harina de trigo, arroz, lentejas, guisantes amarillos partidos, aceite vegetal, azúcar y súper cereal.
De cuando ser feliz era encontrar el cartón suficiente para forrar los libros. De cuando bastaba con un par de zapatos y un chándal que ha pasado por tres generaciones para vestirse todo el año. De cuando el mayor logro suponía conseguir un lápiz de color por dos sorbos de agua en pleno mes de julio y a 50 grados. De cuando desayunar consistía básicamente en mojar pan en aceite o en té. De cuando mi madre me lavaba la cara justo en la entrada de la jaima y me la secaba con su preciosa melhfa. De cuando mi padre me despertaba para rezar todas las madrugadas. De cuando mi juego preferido consistía en pasar las horas muertas en el tejado de casa. De cuando las mejores fiestas se hacían en casa de los abuelos con un candil medio-iluminando la jaima. De cuando el concepto de fiesta se refería única y exclusivamente a una reunión familiar. De cuando en vísperas de la fiesta del cordero todos querían invitar primero. De cuando nos cogíamos de la mano sin premeditación. Y no entendíamos el porqué. De cuando la palabra era el único medio de credibilidad. De cuando éramos más de los que éramos capaces de sentir. En definitiva, de cuando, inconscientemente éramos nosotros mismos sin importar el como ni el porqué. Lo éramos y punto. Hablo de cuando éramos unos críos que solo sabían ser felices. Nada más.

DIARIO DE UN NIÑO REFUGIADO.

De cuando ser feliz era encontrar el cartón suficiente para forrar los libros. De cuando bastaba con un par de zapatos y un chándal que ha pasado por tres generaciones para vestirse todo el año. De cuando el mayor logro suponía conseguir un lápiz de color por dos sorbos de agua en pleno mes de julio y a 50 grados. De cuando desayunar consistía básicamente en mojar pan en aceite o en té. De cuando mi madre me lavaba la cara justo en la entrada de la jaima y me la secaba con su preciosa melhfa. De cuando mi padre me despertaba para rezar todas las madrugadas. De cuando mi juego preferido consistía en pasar las horas muertas en el tejado de casa. De cuando las mejores fiestas se hacían en casa de los abuelos con un candil medio-iluminando la jaima. De cuando el concepto de fiesta se refería única y exclusivamente a una reunión familiar. De cuando en vísperas de la fiesta del cordero todos querían invitar primero. De cuando nos cogíamos de la mano sin premeditación. Y no entendíamos el porqué. De cuando la palabra era el único medio de credibilidad. De cuando éramos más de los que éramos capaces de sentir. En definitiva, de cuando, inconscientemente éramos nosotros mismos sin importar el como ni el porqué. Lo éramos y punto. Hablo de cuando éramos unos críos que solo sabían ser felices. Nada más.
De cuando ser feliz era encontrar el cartón suficiente para forrar los libros. De cuando bastaba con un par de zapatos y un chándal que ha pasado por tres generaciones para vestirse todo el año. De cuando el mayor logro suponía conseguir un lápiz de color por dos sorbos de agua en pleno mes de julio y a 50 grados. De cuando desayunar consistía básicamente en mojar pan en aceite o en té. De cuando mi madre me lavaba la cara justo en la entrada de la jaima y me la secaba con su preciosa melhfa. De cuando mi padre me despertaba para rezar todas las madrugadas. De cuando mi juego preferido consistía en pasar las horas muertas en el tejado de casa. De cuando las mejores fiestas se hacían en casa de los abuelos con un candil medio-iluminando la jaima. De cuando el concepto de fiesta se refería única y exclusivamente a una reunión familiar. De cuando en vísperas de la fiesta del cordero todos querían invitar primero. De cuando nos cogíamos de la mano sin premeditación. Y no entendíamos el porqué. De cuando la palabra era el único medio de credibilidad. De cuando éramos más de los que éramos capaces de sentir. En definitiva, de cuando, inconscientemente éramos nosotros mismos sin importar el como ni el porqué. Lo éramos y punto. Hablo de cuando éramos unos críos que solo sabían ser felices. Nada más.

Diario de un niño refugiado.

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Aún me acuerdo…
Por estas fechas pasábamos las horas de la noche tomando el “kandra” con la familia. Vivíamos ese momento perfecto todos juntos alrededor de “tabla” mientras el frio cada vez se hacía más ameno…
Los días eran largos. Desde primera hora de la mañana entraban los rayos de sol por la puerta de la jaima. Algunas veces hacíamos carreras los hermanos para sentarnos en la zona más calurosa, y otras nos limitábamos a quedarnos enrollados en la manta mientras saboreábamos ese vaso de sopa, bendito “ancha”,mientras escuchábamos atentos la radio, o simplemente compartíamos noticias familiares, planes de comida, acontecimientos que van a darse a lo largo de la jornada de ese día.
Los niños, al no tener clase, nos juntábamos para jugar. Algunas veces, el juego consistía en ir a la casa de alguno de nosotros y estar allí pasando la mañana. Otras nos centrábamos en temas relacionados con la cultura o con la causa de nuestro pueblo, hacíamos representaciones (bailes tradicionales, nos disfrazábamos de mujeres y hombres, etc) o hacíamos algún que otro juego simbólico.
Pero sin duda alguna el juego estrella era “piso”. ¿Quién no ha jugado “Piso”?. O “mdeifina”.O el “buul”?.
El material de juego era muy sencillo. A veces coches de material reciclado de latas y palos que nosotros mismos nos fabricábamos. Otras, bastaba con una rueda de coche para darle vueltas y hacer como si de una carrera se tratase.
Sin olvidar por supuesto el ritual de ir a la cabras como una diversión más. O coger un balón y correr tras él descalzos como si no hubiese mañana.
A las ocho de la tarde ya se hacía de noche. Y a veces jugábamos a “machta” o “garei”, el escondite. Otras veces, la mayoría, nos volvíamos a juntar todos los miembros de la familia y volvíamos a repetir la misma escena: kandra o té acompañados de historias que erizan la piel. Toda la familia junta esperando la hora de cenar, deseando alargar eso momento un poco más para disfrutarse lo más que se pueda.
Hablo de esos tiempos en los que la sencillez era sin duda, el arma más poderosa: juegos de participación y colaboración. Juegos que reflejaban compañerismos y supervivencia, donde de la nada hacíamos el todo. Esos tiempos los recuerdos como si hubiesen sido ayer.
Y hoy… Hoy es el día en el que la infancia de muchos refugiados sigue viviendo ese día a día de mi ayer. Hoy es ese día en el que daría lo que fuera por volver a vivir ese ayer. Aunque fuese solo un segundo. Aunque solo fuese para echar un vistazo rápido que me dijese que hoy también quizá pueda acercarse a ese ayer.
Benda Lehbib Lebsir.

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