Porque las historias de niñez merecen ser contadas: Rutinas de mi día a día (campamentos de refugiados) – Sáhara nunca olvidado (una canaria en el Sáhara) – Yo también fui niña del Vacaciones En Paz. (niña saharaui en España)

niña saharaui

Rutinas de mi día a día.

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No sé qué encanto tiene, no. Quizás magia o eso entiendo cuando hablo de “lidara”, un punto de encuentro de mujeres, niños que van agarrando la melhfa de su madre, que se esconden por timidez si ésta para a saludar a quien sea por el camino o que simplemente cargan con el saco vacio y la siguen el camino a donde les lleve y por supuesto de los ancianos que tantas veces he visto jugar las ” Damas”, de cómo su rostro refleja la verdadera resistencia, de cómo sus frágiles manos, moviendo unos palos en la arena, dictan la sentencia de la continuidad y no del conformismo, de cómo detrás de sus turbantes oscuros se sostiene un largo camino y recorrido que contar de tanta vida que ni si quiera mi mente es capaz de asimilar. Y por supuesto de cualquier coche que pasa por allí para ayudar a acercar la comida.

Lidara, es el ayuntamiento de cada Daira, en donde cada cierto tiempo se reparte comida por cabeza de familia. Para ello cada representante de barrio organiza grupos de cinco o seis familias para facilitar su labor a la hora de repartirlo. Es oír la voz de la representante de mi barrio llamarnos por megáfono, y se para todo. Se busca un saco y se va a Lidara. A veces despacio y otras tantas de prisa, siempre en  compañía  de la vecina que una pasa a buscar a la otra y aprovechan el momento de comentar cualquier acontecimiento, es el camino de ida y vuelta que solo los pasos de quienes han pasado por allí minutos antes indican el recorrido que a diario hacen cualquier Saharaui  que acude a por sus alimentos.

Es como digo, el reencuentro, instantes que aprovechan para intercambiar  información y por supuesto de cotilleos. Rutinas que nunca serán titular de ninguna prensa. Después llega el intenso momento de la recogida, de cargar con la comida y acercarla a casa; también las hay como yo que, tantas veces por evitar esa carga, he parado coches sin saber de quién se trataba y pedido que me ayudasen a acercarlo. Todo es filosofía de supervivencia, de adaptarnos a las condiciones, nos puede costar más o menos pero las tardes en Lidara, escuchando a unas y a otras no lo cambio por nada. Y es que no se trata del cómo, ni del cuándo, que también, si no del dónde y con quién. No sé qué encanto tiene, no, quizás magia o por lo mismo  un hábito más saludable de mi infancia y adolescencia en los campamentos.

Benda Lehbib Lebsir.

Imagen: Marcello Scotti.

“SAHARA NUNCA OLVIDADO”

Maite Lacave (publicado en  Facebook)a3smaraoasis

No recuerdo qué pensador inteligente dijo que la Patria de una persona es su infancia. Yo tuve una Patria que comparto con mucha gente que tampoco vive en ella. Cuando recuerdo aquellas playas de arena blanca, aquel azul del cielo y del agua, pienso en los niños saharauis que nunca han visto el mar, que no conocen su tierra.
Durante muchos años yo soñé con volver; cada mañana, al despertarme después de haber soñado, me recreaba en recordar aquellas vivencias que más me habían marcado.
Podías pescar en la orilla con un alfiler doblado en lugar de anzuelo y llevarte a casa tu balde de playa lleno de pescaditos listos para freír y “burgaos” recién cogidos para la merienda.
Algunas veces la playa amanecía llena de unos grandes lunares azules; eran medusas muertas, enormes platos de gelatina celeste que el mar había arrastrado durante la noche y que nosotros usábamos como plastilina.
Otra cosa que el mar traía eran los esqueletos de los chocos, esos que parecen de corcho blanco. En un mar tan poco esquilmado como aquel los esqueletos eran enormes, materia prima ideal para esculpir con un cuchillito maravillosos barcos. Les colocabas una vela y … a navegar.
El mar ofrecía tantas cosas para jugar, conchas, navajas, percebes, cangrejitos, piedras tan blancas como la arena y algo muy misterioso, una barcaza semihundida a la que nos asomábamos con miedo para ver los grandes pulpos que la habían convertido en su casa y a la que yo, precoz lectora de Julio Verne, imaginaba llena de extrañas criaturas marinas como si me asomara por la claraboya del Nautilus.
Si la playa y el mar eran un gran campo de juegos la tierra ofrecía otras grandes posibilidades de aventuras. Aquella arena que nos rodeaba, aquellos espacios donde la vista se perdía, resultaba el complemento justo a nuestra imaginación desbordada. Solo necesitábamos una pequeña ayuda, un barril olvidado por alguna obra, un banquito que traíamos de casa, alguna piedra grande y aquella arena podía convertirse en un mar proceloso, en una selva frondosa, en un campo de futbol o en la más clásica montaña para riscarte en alguna duna. Pero, juegos aparte, lo más extraño y sorprendente era la fauna. Las columnas de hormigas rojas, grandes y disciplinadas, que coloreaban la fachada de mi casa; una de ellas mordió a mi hermana Maribel y hubo que quitársela con unas pinzas; ver eclosionar un inmenso huevo de avestruz, sentir el enfado ruidoso de los camellos que al pasar frente a mi casa intuían que lo siguiente era el desierto, la llegada de las langostas en nubes compactas, aquel mar de arena que después de una lluvia intensa amanecía totalmente verde y tenías que darte mucha prisa en contemplarlo porque al día siguiente volvía a ser dorada, aquellas plantas no podían vivir en la arena;
el escorpión que apareció en la cuna y que mi madre emborrachó con anís para matarlo,
la arena que zigzagueaba y tras tirarle una piedra se sacudió una hermosa serpiente…
Susi Alvarado, maravillosa poetisa que también comparte conmigo esa Patria, termina uno de sus preciosos poemas, “Juguetes”, del libro “Isla Truck”, con estos versos:
…..No recuerdo juguetes.
¿Quién los necesitaba?
Si, durante mucho tiempo soñé con volver pero ahora no quiero, Volveré cuando los hijos y nietos de mis compañeros de juego y de colegio, los que están en los campamentos de refugiados en Tinduff, puedan conocer su tierra, bañarse en su mar y jugar con todo lo que yo recuerdo que jugaba en aquella Patria de mi infancia”

Yo también fui niña del Vacaciones En Paz.

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Yo también fui niña del Programa Vacaciones en Paz, ese programa que trae a España miles de niños y niñas saharauis durante los dos meses de verano a conocer, a experimentar y sobre todo a iniciarse en un mundo totalmente desconocido. Todo empezó cuando mis dos hermanas mayores venían a España, ellas me contaban su experiencia con los ojos totalmente abiertos y es cuando quise ser mayor, llegar a los 7 años cuanto antes y poder compartirlo yo también. En febrero nos solían hacer la foto individual en la “Madrasa” o colegio, que meses más tarde se convertiría en un pasaporte colectivo, lo cual facilitaría nuestro traslado desde los campamentos a España durante los dos meses de verano.

Llegó mi momento y recuerdo que tenía exactamente 6 años, puesto que hacía 7 en septiembre, cuando dijeron mi nombre y rápidamente me coloqué el pelo, sonreí entre los nervios y la mirada impactante de quienes me rodeaban y que estaban igual o más nerviosos que yo. No volví a ver a aquellos señores que me hicieron la foto y me dieron un número de un documento de identificación. Y ya en mayo nos llamaron en la Daira, o por lo mismo Lidara, en donde habían colgado unas listas con nuestros nombres, comunidad autónoma a la que íbamos a ir y nuestro número de pasaporte. Todo se acercaba y cada vez los nervios aumentaban más, lo reconozco. Volví corriendo a casa y apunté mi pasaporte en la pared, que por cierto allí sigue a día de hoy. Era una cicatriz abierta, una ilusión, una herida de recuerdo. Con 6 años me iba a ir y no sabía dónde iba a aterrizar… Llegó junio y como de costumbre empezaron a llamar por la radio desde altas horas de la mañana a todos los pasaportes que les tocaba ir a lo largo de ese día, no sé si era mi buena o mala suerte pero el mío nunca le llamaban, pasaban los días y yo seguía con la misma esperanza. Por fin, en la segunda quincena de julio, cuando ya no me esperaba ningún vuelo, volvieron mis nervios y ahora sí que sí. Era un día caluroso, el silencio impactaba, me tocaba estar a las 4 de la tarde en mi Madrasa “Castilla la Mancha” , escuela que corresponde a todos los niños de Smara como punto de concentración, para iniciar el viaje hacia el aeropuerto.

Mi familia se repartieron los deberes, mi madre por su parte se levantó, mandó a mis hermanas comprarme algunos detallitos que traería a mi familia de acogida y mi padre escribirles una carta donde les hablaba de toda la familia y sobre todo de mi. Llegó el momento y la temida despedida, era un “vuela hija, es tú momento y no defraudes”. Nunca había salido de mi casa, y tenía que comportarme como es debido, agarré mi mochila como un tesoro y no pegué ojo, es más ese viaje duró tanto que se me pasó volando, detallaría cada momento de aquello pero me quedo con la sonrisa de mi familia de acogida, los brazos abiertos y cómo no, la casa también. Nos conocimos, lloré como es lógico y de repente me acordé de los regalitos y rápidamente empecé a repartirlos entre los miembros de mi familia, no recuerdo si les gustaron o no pero sí los abrazos que me dieron; yo entonces era adulta en miniatura, todo era observar, preguntar, y de vez en cuando sonreír. Sin olvidar mi cara de fascinación al ver una fuente de agua, la playa, la piscina, y tampoco la de mi madre biológica cuando a las 5 de la mañana de un 2 de septiembre aparecí por casa, como si de un sueño me hubiera levantado. Y sí era un sueño, hasta las 8 de la mañana no pegué ojo, y ésta vez contando todas las maravillas que había vivido, incluidas las caídas de la bicicleta, la cantidad de chuches que comí en dos meses, las mil y una maravillas que a día de hoy sigo contemplando como si tuviese mis 6 años de entonces.

No soy del vacaciones en paz pero si del vacaciones a los campamentos; cada 9 meses estudiando en España, toca un verano a 50 grados y está vez sin nada material y con todo que observar, más que nada lo que pierdo en 9 meses lo gano en dos.

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