Actualización: Exitoso inicio de actividades de Homenaje a Camilo Torres en LMD con el documental “Camilo: El cura guerrillero” – Camilo: El cura guerrillero – 1973, una crítica de cine – “Liberación o muerte: 3 curas aragoneses en la guerrilla colombiana”: Antecedentes biográficos de los 3 sacerdotes – Carlos Marx y la novia de Jesús, o una monja colombiana en la guerrilla del ELN – En los cuarenta años de la Sociología Colombiana y el aporte de Camilo Torres – Video: Canción “Guerrillera”, homenaje a las mujeres

Exitoso inicio de actividades de Homenaje a Camilo Torres en LMD con el documental “Camilo: El cura guerrillero”

El martes 26 de Enero de 2016, a las 18 Hrs. en la Librería de Le Monde Diplomatique – Chile, se dió comienzo a las actividades de Homenaje a Camilo Torres, con la presentación del documental “Camilo: el cura guerrillero” del director Francisco Norden, secundado por  Gustavo Nieto Roa en fotografía. Esta actividad fue organizada por el Comité “El pueblo chileno rinde homenaje a Camilo Torres”, del cual forma parte CACHIS (Comité de Amistad Chileno con el pueblo saharaui y otros pueblos oprimidos)

El documental considera diversas entrevistas a personalidades políticas y religiosas de Colombia, que fueron cercanos a Camilo.

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A través de una serie de registros fotográficos se va dando cuenta de la vida de Camilo Torres, incluyendo su ordenamiento sacerdotal, así como su vida familiar y su desarrollo como sacerdote, sociólogo, líder político y guerrillero

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Para culminar finalmente con las fotos de Camilo Torres muerto, lo cual provoca, a pesar del paso de los años, un profundo impacto en los asistentes

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A continuación de la proyección del documental se dió inicio a un foro, lo cual se entregará en una nota posterior.

Se adjunta el link del documental proyectado el martes 26 de enero de 2016, el cual dura app. 52 minutos, ya que incluye los aportes de Walter Broderick. Agradecemos su difusión.

 

Desde que se hizo la primera biografía de Jorge Camilo Torres Restrepo por Walter Broderick,a fines de los años sesenta, y desde que se hizo la primera película, sobre Camilo, por Francisco Norden, mucho se ha escrito y mucho se ha filmado sobre Camilo. Sin embargo, estas obras conservan el sello de la primicia. Es por eso que el Comité El pueblo chileno rinde homenaje a Camilo Torres ha organizado la realización de dos video-foros en la Librería de Le Monde Diplomatique en Santiago de Chile, donde el martes 26 de enero se exhibirá “Camilo, el cura guerrillero”, que incluye la participación del Biógrafo Broderick, y el martes 2 de Febrero, se exhibirá: “Liberación o muerte: tres curas aragoneses en la guerrilla colombiana”.

Se entrega a continuación una crítica de cine del primer documental, los antecedentes biográficos de los tres curas del segundo documental, incluye una entrevista a Leonor Esguerra, cuya voz es el hilo conductor del segundo documental y que es, nada menos que, una monja que se integró a la guerrilla del ELN. Posteriormente viene el documento de dos sociólogos colombianos: “En los cuarenta años de la sociología colombiana”, donde se mencionan algunos aportes de Camilo Torres, como sociólogo y, finalmente, el video canción “Guerrillera”, un homenaje a las mujeres.

 

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Camilo: El cura guerrillero – 1973, una crítica de cine
Director: Francisco Norden

Francisco Norden ha realizado un film llamado “Camilo:-El Cura Guerrillero”. Es la primera obra importante que produce el cine nacional. Es, fuera de esa significación doméstica, un documento maravilloso: organizado, claro, sobrio, elegantemente subversivo.

Puede prescindirse por ahora del período arcaico y tomar una fecha más o menos arbitraria -algún momento entre 1945 y 1950- para señalar el comienzo en Colombia de la vigencia del cine como el medio que más insistentemente había de convocar la curiosidad y el interés (o la pasión) de sucesivas promociones de gentes jóvenes. Gentes para quienes, sumariamente, el cine club (y hay que mencionar la institución por excelencia, el Cine-Club de Colombia, y a Hernando Salcedo Silva, su factotum) se convirtió en una experiencia, en una actitud tan centrales que resulta difícil hallar paralelismos en otras modalidades colectivas de descubrimiento, de convocatoria a la fruición y a la creación, de necesidad expresiva coherente, en apariencia, con el tono y el dictado de los tiempos. (La intoxicación con el teatro ha sido menos extensa y más espasmódica; es una curva de trazados bruscos, en contraste con la línea inalterable y ascendente del cine). Claro que el hecho es desdeñable estadísticamente, pero no faltaba más que pretender ahora dilucidar esa calamidad mediante la cual decimos que “la juventud” se interesó por Sartre o por Marcuse -o por Godard, o por Brecht, por el mismo Mao o por el mismísimo Camilo Torres- cuando la denominación colectiva contradice alegre y abusivamente la enormidad de los hechos demográficos, sobre los que se conocen apenas circunstancias negativas: cifras sobre los sin techo, sin pan, sin escuela, sin Bogdanovitch, sin Penderecki, sin Grotowski, en fin, la minoría cambia y es la única que de momento puede cambiar; por eso, porque es minoría. Son cosas sabidas.

Por reducido que sea, ese autodidactismo por medio del cine -con lo que muchas veces tiene de afectación, de discriminación, de complaciente esoterismo- tiene, entre otros muchos, un beneficio cada vez más notorio: quien haya alguna vez tenido ese talante de cineclub o de cinemateca sigue siendo un aficionado crítico. En este momento, ese aficionado al cine representa en general la antitesis tónica del espectador masajeado por la televisión. Pero esto implica que se halla a la defensiva. El cineasta (¡y no mencionemos a la industria!) se encuentra, frente a la pantalla chica, en una postura semejante a la de quien quiere conocer la versión trotskista del imperialismo en lugar de contentarse con la de Piero.

Los que han querido hacer cine en Colombia se han dado de bruces con esa dificultad (aunque, infortunadamente, no sólo con esa): el fervor surgió cuando el sistema tradicional de producción cinematográfica -el norteamericano- se venía abajo. Y comenzaron, y siguen en la empresa, de tratar de hacer cine donde no existían ni la tecnología, ni los capitales, ni el mercado. El gran talento de tantos cineastas colombianos ha tenido que centrarse en esa solución a medias, en esa falsa solución que es el corto metraje, con cortapisas comerciales más o menos acentuadas, con una valiente independencia que, mientras más denodada, más se refleja en la precariedad técnica del producto: cine de buenas intenciones.

Este cine de las buenas intenciones ha adquirido una súbita (aunque temo que precaria) respetabilidad mediante el fervor por el cine político. El mensaje hace, a veces, perdonable el desenfoque. Pero con este film sobre Camilo Torres nos encontramos con que Francisco Norden ha logrado, en primer término, superar la barrera del largo metraje (intentos previos, como “Tres cuentos colombianos”, eran medio metrajes pegados a la buena de Dios); y ha hecho un film que, técnicamente, no solicita ninguna indulgencia; cine altamente profesional, competente, cuidado. Claro que no es ostentoso, y no tiene por qué serlo: aunque de naturaleza muy peculiar, es un documental, y un documental político.

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En diez, en veinte minutos, acaso habría sido posible realizar un film de montaje a base de materiales gráficos -fotofijas, noticieros, etc.-. No era ese el criterio de Norden, y de haberlo sido no habría resultado el film tan inquietante, tan distinto. Hay stills, por supuesto: de la infancia, de la familia: el del cadáver, arranque y conclusión -literal y metafóricamente- del film. Pero Norden prefirió buscar otra posibilidad y los noventa y cinco minutos de Camilo son, casi íntegramente, el testimonio de gentes que lo conocieron en la infancia, en la adolescencia, en el sacerdocio, en la política. La deliberada fórmula tiene por lo pronto dos consecuencias. La primera tiene que ver con la técnica establecida del cine documental, y hay ahí una innovación negativa pero llena de repercusiones: no hay un narrador. Ha desaparecido la voz orientadora, la que nos conducía a través de los primeros films de Resnais, la que nos guía por el letargo del cine pedagógico o por la procacidad de la propaganda comercial o política. No está aquí Camilo Torres, según Francisco Norden, según alguien que lo interprete, lo dosifique, lo recalque; Norden ha aceptado y elegido una serie de mediaciones; es Camilo Torres tal como se lo contaron a Norden. Este seguramente lo conoció, lo quiso, lo admiró o lo admira pero en este film lo muestra en el engranaje distanciador de una multiplicidad de perspectivas.

Entonces, y esta es otra repercusión decisiva, el sincronismo, al menos en términos relativos (no sé cuánto tiempo le llevaría a Norden la filmación de “Camilo”) es el origen de la zozobra que inspira. El malestar, la angustia incluso (¿por qué no?) vienen en línea recta del método narrativo. Toda biografía, en la literatura y con razón mayor en el cine, es por esencia triunfalista: héroes para la emulación o la esperanza, para el aborrecimiento o el vituperio, pero siempre héroes, es decir hombres en quienes hiperbólicamente (y casi nunca sin un tris de envidia) reconocemos los ingredientes -¡ay! tan desiguales- de nuestro ludibrio o nuestra alteza. Pero este “Camilo” no tiene nada de biográfico, pues en fondo, no tiene que ver con lo que hizo o con lo que fue Camilo Torres sino, mucho más turbadoramente, con lo que Camilo Torres es.

Otra notación técnica: no es “cine-verdad”, ni lo pretende. Cualquier persona que en Colombia haya hecho, o haya soñado con hacer, un largo metraje, siempre se plantea la pregunta: ¿Y los actores? Con lógica providencialista, el teatro apechuga con el interrogante y se responde: si los actores fueran necesarios, los habría; no los hay, ergo, etc. No conozco bien los frutos de esta resignada sabiduría teatral; en el cine son problemáticos. Francesco Rosi logró mostrarnos a Sicilia y Pontecorvo a Argelia sin profesionales; Costa Gavras, por las dudas, recurre a Yves Montand. Norden descubrió el huevo de Colón; no hay que seguir las telenovelas ni acudir al festival de Manizales para darse cuenta de que aquí sobran los actores. De registro limitado, pero profesionales del histrionismo. Sin complicaciones metafísicas ni psicoanalíticas -todos los hombres representamos un papel, ya sea ante el Gran Director o ante un concurso de acreedores-. Norden extrajo a quienes, por oficio, actúan más, o actúan más públicamente: los políticos, los predicadores, los catedráticos, y en ese orden, dicho sea en defensa propia. Por eso las entrevistas filmadas que ocupan casi toda la duración de “Camilo” no son, en modo alguno, espontáneas. Los conceptos están tan elaborados como los peinados; incluso, dado que nos hallamos en el cine, quizás estos últimos sean más eficaces. El texto no ha sido aprendido de memoria, pero ha sido ensayado; Norden deja recitar, y los únicos errores de su film son, que recuerde, dos notas innecesarias de espontaneidad espuria. Un “¿Recuerdas, Marroco?”, de la mujer al marido, en medio de una reminiscencia sobre Camilo Torres en la Universidad Nacional; el más notorio de Alberto Zalamea al hablar de cuando “La Nueva Prensa” le consagró una portada a Camilo Torres; se inclina sobre una mesa y dice -¡oh sorpresa!-: “por cierto, aquí está”. Pero estas son menudencias, y las compensa de sobra la colérica y no ensayada irritabilidad del cardenal Daniélou. Los personajes cuentan con recato o arguyen con entusiasmo; la diferencia con el actor, en el sentido más convencional, es que son ellos los autores de sus propios parlamentos. Ellos mismos, o quien sea: en todo caso no Francisco Norden. Si la cámara es indiscreta es porque los personajes son exhibicionistas. Aquí no hay ni sombra de candidez.

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Camilo, el cura guerrillero2La trayectoria de Camilo Torres es vertiginosa. Unos meses de actividad convencionalmente política -desde que obtiene la reducción al estado laico; luego, los ciento y pico de días en la guerrilla, sobre los que tan poco se sabe y sobre los que el film, obviamente, nada puede decir. No creo que hubiera tenido muchas oportunidades de trabajar, y menos aún de convivir, con obreros, con campesinos, con lo que enfáticamente se denomina el pueblo. Forzosamente, antes de la decisión política última que fue en sí misma una refutación y una superación de la política, se movía entre políticos, estudiantes, intelectuales, sacerdotes… Hay que mencionar esto porque en el elenco del film figuran exclusivamente miembros de ese hemisferio social, y porque supongo que a Norden le habría resultado muy difícil encontrar “en la base” gentes que hubieran tenido mayor trato con Camilo Torres. Y, al no encontrarlos, prefirió no inventarlos.

La anterior conjetura -pues es sólo eso- sirve apenas para recalcar lo que tiene a posteriori de inaudito la determinación de Camilo Torres de decirle “adiós a todo eso”. Los políticos, invariablemente, trasladan al espectador a regiones no soñadas (ni por el siglo XVIII) de tolerancia, de indulgencia, de serenidad. El film es una antología de sonrisas: sonrisas liberales (Gómez Hurtado, López Michelsen, discrepancias de opinión), sonrisas superiores y sabias (Montaña Cuéllar), sonrisas cicateras sin despliegue de dentadura (Gilberto Vieira), sabia y ancha sonrisa en el invierno del patriarca (¡qué título para una novela!) de Gustavo Rojas Pinilla. Los rostros recalcan lo que implícita o explícitamente está en las palabras: si nos hubiera hecho caso, si no hubiera sido díscolo, si no hubiera estado mal aconsejado. Si, si, si: el condicional reiterado tantas veces, amasado en la conmiseración, macerado en la fatuidad. ¿Por qué, por qué tomó Camilo Torres las cosas tan a la tremenda?

Los sacerdotes son en el film más numerosos que los políticos y sonríen menos. A su vez, dentro del subgrupo los ex sa-cerdotes aventajan con mucho a quienes ejercen el magisterio. Parecen saber menos; no son tan seguros ni tan alegres. Con excepciones: el jesuita vehemente que con una voz desdichada reprueba todo cuanto fue y cuanto representa Camilo Torres. (Las voces son tan ecuánimes, tan civilizadas como las sonrisas). O el ex cura australiano, antiguo funcionario diplomático de la Santa Sede, el personaje más impaciente del film, un hombre eufórico y jubilosamente inquisitorial que dice las frases más inquietantes y quizás más verdaderas del film, cuando cuenta cómo Camilo Torres halló, o creyó hallar, en la guerrilla el horizonte de una vida distinta, más pura, nueva, bella -y al hablar de la belleza despliega una sonrisa beatífica, de querubín, de querubín de Chas Adams. Pues no sonríe al referirse, con visible disgusto, a los grupos “liberalizantes”, como el partido comunista y demás, ni cuando dictamina y absuelve: Jaime Arenas “era un traidor”. (Un historiador dice que a los conspiradores les indigna la perfidia ante todo porque ellos creen tener el monopolio de la deshonestidad).

Los amigos, y la discontinuidad. Luis Villar Borda que refiere el viaje furtivo a la estación de la Sabana, cuando Camilo Torres partía hacia Chiquinquirá para hacerse dominico. García Márquez que cuenta de buen humor y sin pompa una anécdota. La madre omnipresente e invisible en el film que a través de una carta habla desde Cuba, desde la muerte. En un momento dado, el jefe político se vuelve tan inaccesible que los viejos amigos tienen que fingirse periodistas de una agencia francesa de noticias para acceder telefónicamente a Camilo Torres. La lista es larga, y es visible que Francisco Norden procuró acopiar el mayor número de testimonios. Con certeza puede presumirse que ninguno de los que en este film se dicen amigos de Camilo Torres está usurpando un privilegio. Y, sin embargo, el espectador tiene que inquirir: ¿quién lo conoció? ¿Quién era? Buena parte de la valía del film consiste en que impone la terca y acaso fútil reiteración de estas preguntas. Pues entre otras cosas ese ser cordial, extrovertido, seductor, parece haber sido también, posiblemente, un solitario.

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Las grandes decisiones en la vida de Camilo Torres son secretas -privadas, mejor- y también abruptas. Sus condiscípulos dicen que los sorprendió, por ejemplo, la decisión de ingresar al sacerdocio; igualmente drástica es la decisión de tomar las armas, acerca de la cual sólo Walter Broderick, el exsacerdote australiano, parece haber tenido conocimiento, o barruntos. La determinación de pedir la dispensa, en cambio, fue un acto que, al menos desde fuera, parece menos precipitado. Ernesto Umaña de Brigard, quien entonces era canciller de la arquidiócesis, refiere las deliberaciones que al respecto tuvieron. El caso es que, situado entre las presiones de la jerarquía y actividades políticas, se vio forzado a elegir. Pero en la decisión de incorporarse a la lucha guerrillera hay un elemento brusco, tajante. Sería estúpido negar que se trató de un acto político y revolucionario, ya que entre otras cosas ratificó este contenido de su determinación por escrito; pero no es, a todas luces, el acto de un político. El terrorista suicida de otros tiempos efectuaba un acto de alcances perfectamente unívocos; mas no por eso ha dejado de ser obsesionante y lícita la pregunta de por qué un ser humano actúa así para proclamar la rebeldía, la cólera, el desprecio. Camilo Torres no era un terrorista ni un suicida; pero cuando alguien decide tan empecinada, tan solitariamente, borrarlo todo, comenzar de nuevo, decir adiós, cuando una y otra vez se quiere reinventar la propia vida, casi siempre lo ronda la solicitación, el conjuro tenebroso de lo que el lenguaje corriente denomina la otra vida. Nadie en el film alude a esto; son testimonios siempre sobre la persona pública, pues lo repito, en Norden y en quienes desfilan por “Camilo” hay una respetuosa objetividad para con su tema.

Sin embargo, no es menester aventurarse en especulaciones o desvaríos como el anterior para pasar por alto lo que el film nos muestra. No importa la radical e inaccesible individualidad del personaje para su descontento, para su impetuosidad; existen también causas visibles y estas son las que el film nos deja ver. Acaso Camilo Torres no desesperó de sí mismo pero tenía abundantes razones para desesperar de la sociedad que lo rodeaba y, muy particularmente, del país político, así se diga revolucionario. García Márquez apunta a la paradoja irresoluble: ¿por qué venera Colombia al mártir y por qué no siguió al caudillo vivo? En contra de todos los sentimentalismos, la revolución no la hacen los muertos. Pero uno de los rasgos admirables de Camilo Torres (a lo mejor esto lo digo de pura ignorancia) era su desdén por el poder o, en otros términos, su rechazo a ser el brazo político de la revolución.

Tenía coraje pero no paciencia; desconocía la tolerancia y la versión degradada de ésta, que es la contemporización. En las secuencias finales del film, Diego Montaña Cuéllar se lanza a expresar generalidades teóricas y concluye con que la revolución es una ciencia, una ciencia que hay que estudiar a fondo, una ciencia, además, muy moderna. De ser así, ¿dónde encaja Camilo Torres? ¿En una nota al pie? No, expresa a su vez Enrique Santos Calderón; en contra de García Márquez, está bien Camilo Torres muerto, pues la revolución colombiana necesita de sus mitos propios, su propio santoral. Vieira se limita a expresar su certidumbre en que, de haber vivido, hoy sería un buen marxista.

Esto -las expresiones de hoy, reflejo, seguramente, de las de ayer, es lo que aparece en el film de Francisco Norden. Y eso es lo que muy tersamente se le define al espectador. Camilo Torres, no hay que engañarse, se realiza y se agota en una imagen única, en los cuajarones de sangre sobre el cuerpo abaleado. Su permanencia radica en esa conclusión brutal y esplendorosa; no en la crónica de un movimiento político abortado, no en la doctrina de los escritos. Ese destino puede convertirse en lecciones triviales de estrategia y de táctica, pero, quiérase o no, es un mito y, por consiguiente, una presencia. El film nos muestra a la distancia la tierra (la gente) donde no pudo vivir; nos muestra también, unos años después, a un país, y en especial a una clase política muy dada a la veneración, que no sabe qué hacer con Camilo Torres. Y ahí andan, cada una por su lado, la exaltada leyenda y la pequeña realidad.

 

“Liberación o muerte: 3 curas aragoneses en la guerrilla colombiana”. Antecedentes biográficos de los 3 sacerdotes.

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José Antonio Jiménez Comín

José Antonio Jiménez con sus compañeros de seminarioNació en Ariño en 1940. Trabajó con su padre en las minas de carbón de la comarca y después encontró colocación en una entidad bancaria. En 1959 decide abandonar su vida e ingresar en el seminario. Conoce a Manuel Pérez y Domingo Laín en el seminario mayor de Zaragoza.

En 1962, junto a Manuel Pérez, ingresa en la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispano-Americana (OCSHA), escuela preparatoria para el trabajo sacerdotal misionero. En compañía de Manuel Pérez viaja a la República Dominicana, pero después de un tiempo son expulsados y pasan a trabajar con Domingo Laín enColombia. Tras año y medio, debido su activismo político a favor de los pobres, el Gobierno colombiano los expulsa. Tras regresar a España, vuelve a Colombia de forma clandestina para enrolarse en las filas del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Muere a los ocho meses de ingresar en la guerrilla durante una marcha.

Domingo Laín

Domingo Laín en el seminarioEl 16 de marzo de 1.940, Domingo Laín nació en Paniza, Aragón. Sus padres eran campesinos medios cultivadores de uva. En septiembre de 1951 ingresa en el seminario menor de Alcorisa, en la provincia de Teruel, en donde pasa 4 años antes de ir al seminario mayor de Zaragoza.

Iniciando su juventud, Domingo Laín fundó su vida en la dedicación a los otros, viviéndola con una intensa visión del presente. “He llegado a la conclusión de que para vivir en paz contigo mismo no hay nada mejor que entregarte a los demás, de vivir cada momento como algo irrepetible, sin la angustia de un futuro que sólo Dios conoce”.Progresivamente su idea de ser iglesia como servicio a la comunidad, comenzó a diferenciarse de la que le enseñaba el seminario, basada en ritos y asuntos no terrenales. Ir a misiones a los países del Tercer Mundo, era la ilusión de muchos seminaristas. Para prepararse existían en el seminario de Zaragoza el Grupo de África y el Grupo de América, Domingo se integró al primero.

ordenación de Domingo LaínDebía ordenarse como sacerdote en 1.963, pero su búsqueda por ir a África, la retrasó en dos años. Desde 1.961 intentó, pero no se convenció plenamente de unirse a los Padres Blancos, religiosos con sede en Francia, que mantenían misiones en África. Recién cumplidos sus 25 años, se ordenó como sacerdote el 28 de marzo de 1.965. En su pueblo natal ofició su primera misa el 17 de abril de ese año, enseguida, en mayo, se posesionó como párroco de la localidad aragonesa de Tauste, en donde estuvo más de un año.

El Mensaje a los cristianos que lanzó Camilo Torres (sacerdote Colombia, uno de los fundadores de la teología de la Liberación) el 26 de agosto de 1.965, en el que proclamó que “la revolución no sólo es permitida sino obligatoria para los cristianos”, influyó poderosamente en el mundo e inclinó la balanza para que Domingo se propusiera ir a Colombia, para seguir los pasos de Camilo.

Tras la muerte de Camilo, el 15 de febrero de 1.966, Domingo aceleró su salida de Tauste y viajó a Madrid a preparar su viaje a Colombia, a donde por fin llegó al finalizar el año 67. Trabajó de párroco en uno de los barrios pobres del sur deBogotá, en Meissen, a la vez que se empleó como trabajador en una fábrica de ladrillos. De esa época, el mismo Domingo, más tarde  expresó, “Experimenté en carne propia la situación de explotación y miseria de la mayoría de la población”. De estas experiencias de compenetración con los pobres, fortaleció su convicción sobre el protagonismo de ellos para lograr una nueva sociedad y de la necesidad de los revolucionarios de  ‘ascender al pueblo’. Fue expulsado de de Colombia, el 19 de abril de 1.969, vía París, sin documentos de identidad ni dinero y sin más ropa que la que llevaba puesta.

En otoño de 1.969 Domingo regresó en secreto a Colombia, junto a sus compañeros Manuel Pérez y José Antonio Jiménez, para incorporarse a la guerrilla de Camilo, el ELN. Su muerte en combate en 1972 cortó su carrera ascendente hacia el liderazgo político del ELN.

 Manuel Pérez

Manuel Pérez en AlcorisaEl Cura Pérez nació en Alfamén en 1943. Fue el mayor de dos hijos del matrimonio de Marcelino y Herminia, una pareja humilde de agricultores. A la edad de 12 años, Pérez fue enviado al seminario menor de Alcorisa (Teruel) y en 1959 pasó al seminario mayor de Zaragoza, donde estudió filosofía.

En 1962, Pérez se adhirió a la Obra de Cooperación Sacerdotal Hispano-Americana (OCSHA) y cursó sus estudios teológicos en un seminario en Madrid. Luego, Pérez fue ordenado por el Papa Pablo VI en Roma. Pérez sentía admiración por el sacerdote y sociólogo Camilo Torres Restrepo, muerto en 1966, y que inspiraba la lucha guerrillera de la década de 1960 en América Latina. En compañía de José Antonio Jiménez viajó hacia la República Dominicana, pero después de un tiempo fueron expulsados y pasaron a trabajar con Domingo Laín en Colombia.

Manuel Pérez en la guerrillaAl llegar a Colombia, Pérez, Laín y Jiménez intentaron luchar por la vía constitucional al lado de la población más pobre de Olaya, un barrio de la ciudad de Cartagena de Indias. Tras su activismo político, el Gobierno colombiano los expulsa. Pérez salió ocho meses después y clandestinamente de islas Canarias en 1969, con una documentación falsa y acompañado por otros dos sacerdotes españoles, José Antonio Jiménez y Domingo Laín, para enrolarse en las filas del Ejército de Liberación Nacional (ELN), creyentes de la teología de la Liberación. En 1973, al morirFabio Vásquez Castaño, primer jefe guerrillero del ELN, Pérez ascendió a cargos directivos de la organización, y a mediados de la década de 1980 pasó a ser responsable político y efectivo número uno de la organización guerrillera hasta su muerte en 1998.

Manuel Pérez fue uno de los máximos responsables del giro político del ELN desde el marxismo doctrinario al marxismo humanista. Sus posiciones férreas en contra del narcotráfico, a favor de la democracia interna en la organización guerrillera, y potenciación del movimiento político, fueron innovadoras dentro de un movimiento armado.tres curas aragoneses

LEONOR ESGUERRA, cuya voz es hilo conductor en el documental Liberación o Muerte, cuenta en esta entrevista publicada el pasado 12 de agosto en el periódico El Mundo, bajo el titulo “CARLOS MARX Y LA NOVIA DE JESÚS”, como colgó los hábitos y se hizo guerrillera.
Y es que los protagonistas de “Liberación y Muerte: 3 curas aragoneses en la guerrilla colombiana” siguen de actualidad…

Foto de Liberación o Muerte: tres curas aragoneses en la guerrilla colombiana.

 

Carlos Marx y la novia de Jesús

LEONOR ESGUERRA

María del Consuelo colgó los hábitos reclamada por la guerrilla, pero lo abandonó todo para regresar a Colombia para encontrar en el movimiento feminista su nueva forma de luchaleonor esguerra1

La madre María del Consuelo podía aliviar con la penitencia del rosario el sobresalto de sus pensamientos pecaminosos cuando se enamoró sucesivamente de un arquitecto colombiano y de un seminarista belga. Era una monja joven, inteligente, sensible y estaba entregada al amor de Dios. Las culpas de la temperatura de la carne y los latidos del corazón se disipaban todavía arrodillada frente a la cruz con el susurro de los padrenuestros y las avemarías.
De esas debilidades, esas llamadas de la materia, del amor platónico sin un solo beso, un roce o ni una mirada , se podía volver a la virtud. Pero de otros pecados que la vida le serviría en bandeja, de unas decisiones que tomaría ya sin su nombre de religiosa, la señora Leonor Esguerra Rojas no podía encontrar jamás el regreso a la viña del Señor.
Nació en 1930 en Bogotá en una familia tradicional y de muchos recursos económicos. Ese origen le marcó un destino del que desertó con resolución, como haría con otros que le impusieron o se impuso ella misma por ideas que después la hastiaron. Así que dejó vacía sus sillas en los clubes aristocráticos, nunca aceptó los cortejos de los galanes de su clase social y no fue, por supuesto, a probarse el vestido de novia que le había diseñado la Providencia. Prefirió los hábitos de monja y le pidió a sus padres la autorización para un viaje: a Nueva York, al noviciado del Sagrado Corazón de María.
De vuelta, en Colombia, trabajó como profesora en un colegio religioso para niñas ricas en Barranquilla, el Marymount. En 1960, con 30 años, y en el entorno de un país conflictivo y revuelto, fue nombrada madre superiora del mismo colegio en Medellín. Poco después, pasó a dirigirlo en la capital colombiana.
La atmósfera de cambios y revoluciones que estremecía por entonces la región, la posición de algunos sectores de la Iglesia a favor de trabajar por los pobres conmovieron a la madre María del Consuelo que comenzó a percibir movimientos de huracanes o terremotos debajo del tocado impoluto donde temblaba inseguro, desde los tiempos de la primera juventud, su voto de castidad.
Sor María había continuado su trabajo de educadora en una institución de alto nivel para señoritas y, al mismo tiempo, fundó una escuela para pobres en el barrio bogotano de Galán. Allí, en los trabajos organizativos del centro, conoció a dos sacerdotes españoles que militaban en la vertiente católica de la Teología de la Liberación, Domingo Laín y Manuel Pérez Martínez. Los dos curas murieron después en la guerrilla. Uno de ellos, con grado de comandante.
La monja se vio envuelta en una polémica por su forma de manejar el currículo de la escuela. Fue acusada de darle participación a profesionales marxistas y a personas de otras doctrinas religiosas. Salió de su cargo en medio de una bronca que llegó en todo su esplendor a la prensa.leonor esguerra2
Ella se fue a dar clases a unas religiosas a la ciudad de Buenaventura, en el Valle del Cauca, en una instalación humilde, casi sin recursos y más cerca del Señor que del hervor y la controversia de los hombres. En ese sitio, en la penuria y el olvido, le llegó un recado con dinamita.
Una tarde, hacia 1969, llegó a su refugio de Buenaventura un sacerdote y le dijo que Fabio Vásquez Castaño, el comandante jefe de la guerrilla del Ejercito de Liberación Nacional (ELN), la quería ver. El grupo realizaba operaciones militares contra las fuerzas armadas colombianas desde 1965. Era de orientación marxista, lo habían fundado en Cuba bajo la inspiración y el patrocinio del Gobierno de Fidel Castro.
La religiosa se quedó sorprendida y alarmada. Más tarde, pensó que Vásquez Castaño la reclamaba para interesarse por los dos curas españoles, Laín y Pérez Martínez. Pero cuando llegó al campamento los dos religiosos estaban en la comisión de bienvenida.
«La guerrilla me buscó en Buenaventura», escribió, «donde decidí dejar el hábito. Me llamaron, me sentí como el agente 007, ¡una monja, imagínese! Vienen por mí un par de guerrilleros, me montan en una canoa y me voy al monte».
Leonor Esguerra Rojas acordó con los jefes rebeldes en su campamento trabajar como enlace con los militantes de los núcleos urbanos del país y con los amigos que los apoyaban en el extranjero. Con Vásquez Castaño, los compromisos fueron más íntimos y cercanos. Se cumplían en la sigilosa noche colombiana, en las espaciosas hamacas de los jerarcas o en una cueva artificial hecha a machetazos entre los matorrales. «Me enamoré», confesó la antigua monja en un párrafo de su libro de memorias.
Recuerda también que su amante, que encajaría en lo que ahora puede ser un buen representante del machismo-leninismo, tenía otras mujeres diseminadas en el foco guerrillero y que, cuando ella cometió un error en la manipulación de una papelería que implicaba la identidad de otros luchadores, Vásquez Castaño ordenó que la fusilaran.
Estuvo en capilla ardiente un tiempo, pero se suspendió el castigo que su viejo amor había dictado desde Cuba. La dejaron ir un día cualquiera y fue a parar a México aún como representante del ELN en el exterior. Ahí, después de más de dos décadas de aventuras, misiones, miedos, amores y reflexiones, en 1989, lo abandonó todo porque se sintió alejada de los colombianos.
En los años que siguieron halló una forma de luchar en otro punto. Como siempre, se entregó con toda su fuerza a esa nueva visión de la vida. Es el feminismo. Considera que ahí descubrió que antes del feudalismo, el esclavismo y del capitalismo hay una cosa que se llama patriarcado y que ese es el motivo de todas las guerras, de toda la violencia. «Hay que recuperar», dice ahora, «lo que es femenino en el sentido del amor, de la entrega, de la equidad».
En su difícil travesía de monja de educadora a guerrillera experta en la obra de Carlos Marx, a la señora Esguerra le aguardaba en Nicaragua otra oficio singular. Allí fue carcelera. Vivió en ese país 13 años y en ese tiempo le contó en detalles su vida a su amiga escritora y arquitecta peruana Inés Claux. De esas conversaciones salió el libro de testimonio La búsqueda, que editó Aguilar.
Leonor Esguerra vive por fin otra vez en su querida Colombia. Para el feminismo, que es el nuevo ejército donde sirve con pasión, no necesita uniforme.
Es una marxista convencida. No llega a ser atea, pero no sabe si Dios existe. EL MUNDO
Documento publicado por los sociólogos colombianos Nora Segura Escobar y Alvaro Camacho Guizado, donde se menciona el aporte del sociólogo Camilo Torres Restrepo

En los cuarenta años de la Sociología Colombiana

Nora Segura Escobar / Alvaro Camacho Guizado[*]

Dossier


RESUMEN

Este documento realiza una revisión sobre los avances de la sociología en el siglo XX en Colombia, investigando la producción intelectual, las investigaciones y su consolidación como campo de producción intelectual y su consolidación como campo de estudios universitarios, obtienen un panorama amplio, que incluye también las relaciones con la política y el desarrollo del Estado.

PALABRAS CLAVE

Sociología, Colombia

Remontándose a los precursores de la sociología en Colombia en el siglo XIX, esta revisión hace especial énfasis en el presente siglo, aprovechando el aniversario del primer departamento de sociología, el de la Universidad Nacional. Con bastante material sobre los avances de esta disciplina al nivel de la investigación, la producción intelectual y su consolidación como campo de estudios universitarios, se obtiene un panorama amplio, que incluye también las relaciones con la política y el desarrollo del Estado, entre los temas que se han tratado más detenidamente. Las perspectivas de la sociología hacia el futuro, sin embargo, no parecen muy alentadoras.

En este año se cumple el cuadragésimo año de la fundación del Departamento de Sociología de la Universidad Nacional. Con este artículo deseamos unirnos a las eventuales celebraciones del evento que marcó la institucionalización de la disciplina en el país. Desde hace unos años los sociólogos colombianos han establecido la práctica de elaborar periódicamente intentos más o menos sistemáticos de evaluación de la historia y estado de la disciplina haciendo énfasis variables en los factores exógenos y endógenos de su desarrollo y en las coyunturas que han facilitado u obstaculizado su institucionalización profesional. Así, los balances periódicos sobre la producción intelectual, las orientaciones académicas, las propuestas y condiciones de la docencia y la investigación, presentan ya un buen repertorio de información e interpretaciones sobre lo que Pitirim Sorokin denominó “achaques y manías de la sociología” aplicables en Colombia.

Dado que existe una buena base bibliográfica, en este artículo omitiremos algunos detalles[1] del desarrollo histórico para concentrar esfuerzos en un panorama más contemporáneo, desde mediados del siglo y a partir de la institucionalización universitaria de la Sociología. No obstante, consideramos prudente resaltar algunos hitos como elementos de referencia temporal más amplia. A su turno, el aniversario del inicio del proceso de institucionalización a que nos hemos referido es una buena ocasión para retomar la reflexión, lánguida en los últimos años, sobre nuestro devenir intelectual y profesional en un contexto de enorme incertidumbre. Con algunos márgenes de precisión, los historiadores de la disciplina coinciden en que los primeros intentos de hacer una sociología colombiana se concretaron en la segunda mitad del siglo pasado, al calor de los cambios sociales y el desarrollo de corrientes del pensamiento político-social radical. En el presente siglo la dinámica reformista que adquirió la sociedad colombiana en la segunda mitad de la década de los veinte, y que se concretó especialmente en el período de la Revolución en Marcha da un nuevo impulso a la indagación sobre las características nacionales y regionales que se traduce en avances importantes en el desarrollo de varias disciplinas sociales y en su institucionalización académica. A la llegada de los renovadores años sesenta, acompañados del régimen del Frente Nacional, los vientos cepalinos y el programa de la Alianza para el Progreso del presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy, en la universidad pública la sociología se estaba introduciendo en el análisis de comunidad, la violencia, los movimientos migratorios, las estructuras agrarias, como procesos centrales de la sociedad colombiana.

Estos dos componentes: la dinámica del cambio social, que llevó y lleva a desatar el interés por los rasgos centrales de la sociedad colombiana, y la preocupación por los destinos de la política y la conformación del Estado, han constituido el interés central, aunque no único, del desarrollo de la sociología en sus momentos iniciales. Esta es una de las tesis centrales que buscamos sustentar a lo largo de estas líneas.

Por otra parte, el acuerdo sobre el origen de la disciplina sociológica en Colombia articulado a los impulsos de un proyecto modernizante patrocinado por el Estado, no ha hecho, en nuestra opinión, suficiente diferenciación en los disímiles procesos y tensiones que han gravitado en la modernización del Estado y la sociedad colombianos. En este sentido asignamos un importante peso específico a los procesos de secularización y laicización como elementos sustantivos de la modernidad cultural, que permite formalizar esquemas interpretativos y normativos rivales a los poderes consagrados[2] y que por esta vía inscribe los desarrollos disciplinarios en un contexto político-ideológico muy polarizado dada la vigencia de fuerzas tradicionalistas que aún dominaban el panorama cultural colombiano.

Los precursores del siglo XIX

Resaltan en un primer momento de la disciplina los esfuerzos asociados con la organización de la Comisión Corográfica de 1849, en cuyo marco se produjeron descripciones sistemáticas de rasgos sociales nacionales y en especial regionales. Se destacan los trabajos de Manuel Ancízar, Santiago Pérez y Florentino Vezga.[3] A partir de la década de 1880 se produjeron nuevas aproximaciones, y entre ellas sobresale el discurso que pronunció Salvador Camacho Roldán en la sesión solemne del 10 de diciembre de 1882 en la Universidad Nacional, en el que habló de “…una nueva ciencia, cuyo estudio ha empezado entre nosotros este mismo año; la que se refiere a las leyes que, por medio de las tendencias sociales del hombre, presiden el desarrollo histórico de los seres colectivos llamados ‘naciones’: de la sociología, esa nueva rama de la Filosofía”.[4]

Personajes de la vida pública e intelectual colombiana como Rafael Núñez, José María y Miguel Samper hicieron igualmente contribuciones tanto al debate intelectual como a la caracterización de la sociedad colombiana de fin de siglo, al tiempo que aportaron elementos teóricos en relación con la configuración y tareas del Estado en la incipiente y precaria democracia colombiana.[5]

En la obra de Núñez se esbozan estas relaciones entre las ideologías políticas y la configuración y tareas del Estado. En efecto, Núñez se comprometió con el estudio de principios sociológicos y planteó la necesidad de la sociología para la comprensión de su sociedad y muy especialmente para el diseño de una ideología política. Fue un estudioso de Augusto Comte y de Herbert Spencer, de quien retomó su ideal de la unidad moral de la sociedad.[6]

En su preocupación por el principio del orden se destacó con más fuerza su convicción de que la sociología aportaría las bases para un buen gobierno. De hecho, en su artículo “La sociología, elementos de este estudio”, Núñez se formuló la pregunta por la lentitud del progreso de Colombia y por las dificultades en la fundación de un orden, al que considera la base primordial “de toda obra, como lo es el pedestal de una estatua o el cimiento de un trabajo de arquitectura”.[7]

José María Samper es uno de los más claros representantes de la idea liberal para la modernización del Estado y la sociedad colombianos. Su obra es un recorrido por lo que considera son los rasgos principales que definen la sociedad colombiana. Se destaca en particular el cuadro que traza sobre sus defectos: la influencia de la sangre española, la promiscuidad de castas, mala índole de la democracia y las condiciones topográficas. Crítico mordaz de la herencia española, y en particular de su excesivo reglamentarismo, su propósito central es establecer la condición central para el progreso: el buen gobierno es poco gobierno. La virtud de una nación se mide por el grado en que el Estado, antes que reglamentar las vidas de los ciudadanos, se dedica a favorecer las condiciones en que ellos pueden desplegar su iniciativas.[8]

Don Miguel Samper ha sido sin duda uno de los más importantes pensadores sociales colombianos. En particular sus estudios sobre La miseria en Bogotá lo destacan como un agudo observador de las condiciones de vida de la ciudad y a indagar por las eventuales causas de la situación social de los bogotanos. Llama la atención su diagnóstico: Bogotá es una ciudad bastante artificial, es un epicentro de trabajo improductivo y parasitario por “el exceso de empleados, de pensionados, militares, clérigos y letrados, y cambios de sus capitales por títulos de la deuda pública, fueron los factores que hicieron de Bogotá una ciudad productora de sueldos, pensiones, rentas, lucros fiscales y honorarios”.[9] Refuerza así su concepción de la vida como esfuerzo, trabajo y creación de riqueza, muy de acuerdo con su historia personal, en la que se destaca su papel como hombre de empresa dotado de una fuerte conciencia social, como lo describe uno de sus biógrafos.[10]

Los protosociólogos del siglo XX

En la primera mitad del presente siglo, y en el marco de las transformaciones sociales que se manifiestan a partir de la segunda mitad de la década de los veinte, algunos pensadores colombianos continúan en la tarea de escudriñar las bases y sentidos de nuestra formación como sociedad. Se destacan como precursores de una sociología colombiana, entre otros, autores como Luis López de Mesa, Alejandro López, Armando Solano y Luis Eduardo Nieto Arteta.

La obra de López de Mesa[11] ha sido reconocida como un esfuerzo para conceptualizar la conformación de Colombia como nación. Tanto su noción de la civilización de vertiente, que se manifiesta en un intento de explicar la composición e índole de los grupos regionales colombianos, como su ensayo de explicación de la religiosidad de los colombianos son esfuerzos demasiado generales y hasta estereotipados de ofrecer una síntesis de la formación social colombiana.

Alejandro López, por su parte, es un exponente de un espíritu analítico, creativo, moderno y empresarial. Su libro más importante[12] es un intento de combinar la teoría económica con el análisis sociológico a partir del examen de las necesidades materiales y no materiales del individuo y del trabajo como creador de las condiciones sociales para su realización. López es uno de los más connotados representantes del espíritu modernizante y empresarial antioqueño, y su obra contribuyó de manera notable en la educación de los jóvenes ingenieros y empresarios de la Escuela de Minas de Medellín. Armando Solano es reconocido por su notable ensayo sobre La melancolía de la raza indígena.[13] El tono evidentemente ensayista, impresionista y especulativo de su trabajo no oculta su solidaridad con el campesinado andino, cuya situación de despojo material y cultural se asocia a su miseria. Uno de sus temas centrales es la tensión entre los procesos de modernización de la sociedad colombiana y los efectos que produce en las condiciones de vida del campesinado andino. Aunque más adelante haremos una referencia más explícita a la obra de Orlando Fals Borda, vale la pena destacar cómo esta misma solidaridad es expresada en su obra primera, aunque el análisis se diferencia de manera radical. De hecho, Fals sometió a severa crítica las nociones de melancolía y pasividad campesina de Solano.[14]

La obra de Luis Eduardo Nieto Arteta[15] es uno de los primeros intentos de analizar la historia y la economía colombiana desde una perspectiva cercana al marxismo. Su caracterización de las dos economías y sociedades de la colonia y primera mitad del siglo pasado -“la del Occidente, esclavista y minera, y la del Oriente, agrícola y manufacturera”-, constituyen la base a partir de la cual analiza la historia económica colombiana desde una perspectiva que su autor reclama como sociológica, y que se acerca mucho a una economía política. Su estudio sobre el café es una obra pionera en el análisis de la economía nacional, y su ensayo sobre el impacto del grano en la autonomización de la sociedad colombiana respecto del Estado y en la formación de clases sociales son tan notables como su conclusión respecto de la relación entre la economía nacional cafetera y la sociología:

Sin el café la sociología colombiana no se habría perfeccionado, no habría podido estudiar las condiciones internas del desarrollo del capitalismo en Colombia, la transformación del hombre colombiano, de sus modos de ser, las circunstancias que producirán una reforma de la estructura del Estado, el abandono y el olvido de las anteriores divergencias ideológicas entre los partidos políticos, en suma, todo ese conjunto rico de realidades diversas que el café ha creado en Colombia. El ser social determina el pensar social.[16]

La profesionalización: de la niña bien a la pecadora

Los primeros pasos en la dirección de una especialización y profesionalización de la sociología en el país se dieron entre 1935 y 1941 con la fundación de la Escuela Normal Superior y el Instituto Etnológico Nacional, a lo que se unió la labor de la Contraloría General de la República. Con la primera se inyectó al pensamiento social colombiano una tendencia modernizante, gracias a la labor de un conjunto de profesores europeos quienes contribuyeron de manera decidida a formar los primeros investigadores sociales colombianos, en especial antropólogos y geógrafos. Años más tarde varios de ellos irían a reforzar la docencia y la investigación en la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional entre los cuales merecen ser destacados Roberto Pineda Giraldo y Virginia Gutiérrez de Pineda. Del Instituto Etnológico Nacional puede hacerse una referencia similar, tanto en la docencia como en la investigación y en la consolidación de una Revista especializada, con una notable continuidad hasta nuestros días. La Contraloría, por su parte, impulsó un conjunto de investigaciones sobre las condiciones de vida de la clase obrera y realizó varias monografías regionales (Caldas, Boyacá, Antioquia, Atlántico, Santander y Cauca) en las que se emplearon métodos modernos de investigación.[17]

En 1944 se publicó, auspiciado por el Ministerio de la Economía Nacional, el trabajo de T. Lynn Smith, Justo Díaz y Luis Roberto García, Tabio. Estudio de la organización social rural, que constituye el primer estudio sociológico de comunidad en el que se aplican métodos y categorías sociológicas. Su importancia primordial radica además en que fue el resorte que impulsó los estudios de comunidad y en particular introdujo a la sociología al primer exponente moderno de la profesión en Colombia, Orlando Fals Borda. En efecto, bajo la influencia de Smith, Fals adelantó estudios profesionales de sociología en las universidades de Minnesota y Florida, en Estados Unidos, y como resultado de sus trabajos de grado produjo las dos monografías sobre la relación del hombre con la tierra en Boyacá y sobre el campesinado en una región andina.[18] Con ellas se inaugura realmente la sociología como disciplina científica y profesional en Colombia.[19]

El incansable Fals no se limitó a escribir. Fundó el Departamento de Sociología adscrito a la Facultad de Economía de la Universidad Nacional en 1959, y con ello institucionalizó los estudios profesionales en el país. Apoyado por colegas nacionales y extranjeros, entre quienes se destacaron Camilo Torres Restrepo, sociólogo egresado de la Universidad Católica de Lovaina, el antropólogo Andrew Pearse, consultor de la Unesco, Roberto Pineda y Virginia Gutiérrez de Pineda,  antropólogos sociales de la Escuela Normal Superior, el filósofo Tomás Ducay, principalmente, Fals desplegó una intensa actividad en este proceso de docencia, investigación e institucionalización de la sociología. En 1961 se creó la Facultad de Sociología como entidad independiente.

En 1964, gracias al apoyo de entidades internacionales de cooperación, la Facultad organizó el Pledes (Programa Latinoamericano de Estudios del Desarrollo), como el primer programa de postgrado en sociología en el país. Este programa tuvo una doble importancia al inducir, por una parte, el acercamiento a una academia latinoamericana de larga trayectoria y el contacto con algunos sociólogos de reconocida presencia en ella, y por otra parte al poner en la mira analítica y comparativa las sociedades latinoamericanas y sus procesos de desarrollo. Esta óptica latinoamericanista, con sus inevitables limitaciones, en todo caso aportó nuevos elementos de equilibrio en las influencias intelectuales y en las orientaciones académicas, hasta entonces excesivamente marcadas por los paradigmas imperantes en la academia norteamericana.

El desarrollo, como el gran paraguas conceptual, político y técnico que caracterizaba tanto las tareas que el Estado del Frente Nacional definía como prioridades del momento histórico como las relaciones del país con los organismos internacionales, y a través de la mediación de organismos como la CEPAL y otros similares, que sin duda proveyeron los temas, los vocabularios, las preocupaciones y orientaciones que dieron vida al Pledes. En el marco de esta orientación, no obstante, circularon debates con otras corrientes de pensamiento.

Orientaciones y valoraciones en la producción intelectual

Del mismo modo que en la sociología norteamericana la estirpe religiosa de sus precursores auspicia una re_ interpretación laica de la vocación religiosa y la transvaluación mundana de la comunidad de fieles, [20] también en la Facultad de Sociología puede verse una muy estrecha convergencia de orientaciones disímiles en un proyecto que rápidamente se constituyó en punto de referencia para los procesos de modernización cultural. Sus efectos se irradiaron en primer lugar en el seno de la Universidad Nacional pero también en distintas direcciones por fuera de ella.  En efecto, uno de los rasgos más notables de este primer período es la confluencia de corrientes de pensamiento y experiencias que de alguna manera se amalgamaron en la nueva orientación: el protestantismo presbiteriano y la orientación positivista hacia la ciencia social de Fals, el catolicismo progresista de Torres, la experiencia internacional en programas de desarrollo y la óptica pragmática de Pearse, la trayectoria investigativa de los Pineda y la formación humanística europea de Ducay. El resultado fue un impulso notable a la apertura mental, a la orientación modernizadora y empírica en la investigación social y un rechazo a las posturas ideológicas que se expresaban en las tendencias que pretendían hacer pasar por ciencia lo que en realidad eran ensayos especulativos y carentes de bases empíricas. Como una orientación sociológica característica de los fundadores de la Facultad se destacan los enfoques hacia la liberación de la población más vulnerable de la sociedad mediante el trabajo colectivo y organizado, el estudio de la pobreza, y hacia la modernización social, concretados y articulados en distintos programas de investigación y de acción comunal que cada uno por su parte estudió e impulsó. Así, mientras Fals se dedicaba a organizar programas comunitarios en un municipio de Cundinamarca, Camilo Torres se dedicaba a trabajar en barrios populares en Bogotá, Pearse, por su parte, impulsaba procesos de investigación participante en áreas rurales, Roberto Pineda examinaba los efectos de la violencia en un municipio colombiano y hacía conocer su investigación sobre las precarias condiciones de vida y trabajo del campesinado tabacalero. Virginia Gutiérrez, a su turno, divulgaba sus hallazgos sobre salud pública y sobre la estructura y dinámica de la familia colombiana. Paralelamente, varios sociólogos extranjeros visitaron la facultad, bien como ocasionales conferencistas, bien como profesores o investigadores. A la evidente apertura de miras con la que contribuyeron, se unió el hecho de que aportaron perspectivas metodológicas y presentaron orientaciones teóricas completamente desconocidas-en el país y que hacían abrir los ojos a las perspectivas del cambio social.

No es de extrañar, por tanto, que estas orientaciones decididas a favor de los condenados de la tierra, y las vocaciones hacia el cambio social hicieran de la Facultad un espacio privilegiado para los estudiantes que ya por ese entonces empezaban a mostrar sus insatisfacciones con el proceso político y social instaurado por el Frente Nacional. La dinámica de este proceso se haría evidente pocos años después, y ubicaría a la Facultad como un epicentro de crítica que desbordaba los márgenes de tolerancia tanto de las directivas de la Universidad como del gobierno nacional. De hecho, el influjo de la nueva Facultad operó en varias direcciones y sobre las expectativas de diversos sectores sociales: en una perspectiva de transformación moldeó las aspiraciones académicas de los estudiantes de sociología de las universidades pontificias, orientó en otros sectores de la Universidad Nacional la búsqueda de liderazgos políticos de nuevo cuño, asesoró a segmentos ilustrados del alto gobierno y de organismos de desarrollo. Pero también en una óptica de resistencia puso en alerta a los sectores social y políticamente más conservadores para quienes la presencia de la Facultad y su oferta cultural resultaban amenazantes.

En lo que respecta a la producción académica de esta primera época, la Facultad de Sociología publicó la serie Monografías Sociológicas que, junto a la obra particular de varios de los integrantes del cuerpo docente -entre ellos algunos profesores visitantes estadounidenses-, contribuyeron a aclimatar y desarrollar la actividad intelectual e investigativa en áreas muy disímiles del cambio social como la religión, la familia, la difusión de innovaciones y los conflictos urbanos.[21] La obra primera de Fals inaugura una nueva identidad profesional y marca un rompimiento con la tradición sociológica colombiana en otros sentidos: por una parte, se aleja del tema puramente político y de la organización y fines del Estado y se adentra en el examen de condiciones sociales de vida de una porción de la población del país. Por otra, introduce una metodología profesional, positivista, moderna, rigurosa en la que se busca precisión, claridad conceptual y que las apreciaciones objetivas sobre la realidad inspiren el trabajo, independientemente de los juicios de valor. En estos trabajos llama la atención también la variedad de aproximaciones, métodos y perspectivas disciplinarias. De hecho, resalta el recurso a lo etnográfico, lo documental e histórico, y la consulta integral de fuentes, que pasa por lo ambiental, lo demográfico o lo económico, como elementos de caracterización del campesino y su comunidad, por contraste con la visión tecnocrática e instrumental de otros trabajos de comunidad que se realizaron con posterioridad.

El sano escepticismo consecuente con esta postura metodológica, y el optimismo propio del descubrimiento de rasgos de nuestra sociedad hasta entonces ocultos por las ideologías dominantes, fueron sin duda los legados centrales de esta primera etapa de la profesionalización de la disciplina. Fue así como entre las primeras investigaciones realizadas en la Facultad predominaron los estudios de comunidad, en los que se podía abarcar un objeto de estudio en sus múltiples dimensiones y se podía controlar el proceso investigativo empírico, al mismo tiempo que brillaron por su ausencia los intentos de hacer grandes generalizaciones acerca de nuestra sociedad.

Una de las excepciones a esta tendencia a los estudios de comunidad lo constituyó el trabajo sobre la violencia que realizaron Monseñor Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna.[22] Este libro abrió toda una corriente de estudios y análisis objetivos e independientes obre el problema más grave de nuestra sociedad, a la vez que inició un proceso de autonomización y distanciamiento de la sociología en su relación con el Estado. En efecto, a pesar de la independencia intelectual y profesional que se imprimía a la disciplina en la Facultad, no era menos cierto que los procesos de apertura democrática, y reconfiguración del Estado producidos por el régimen de Frente Nacional generaron una estrecha aproximación entre los intereses del nuevo gobierno y las orientaciones modernizantes de la disciplina. De hecho, en esa Facultad se produjeron varios trabajos de investigación y consultoría propiciados por instituciones estatales en temas como la reforma agraria, la acción comunal, los programas de vivienda, entre otros, y que sirvieron de campo privilegiado de entrenamiento para los estudiantes.

Pero el libro de la violencia no fue un texto sobre aspectos técnicos y/o de modernización del Estado. Por el contrario, fue el primer intento de reconstruir un profundo proceso social y de hacer una severa crítica a la clase dominante colombiana en un ámbito de especial sensibilidad social y política. Obviamente la publicación fue recibida con elogios y diatribas y, como queda dicho, marcó una primera ruptura con el sistema político del Frente Nacional.

La Facultad y la sociología no podían estar ausentes de los procesos de desafección con el régimen político y el desarrollo de una oposición que tomó varios cursos. Poco a poco los estudiantes y directivas de la Facultad tendieron a solidarizarse con expresiones de descontento estudiantil y a apoyar y participar en movimientos de protesta social. [23] El punto de quiebre, tanto en la relación entre la sociología académica y el Estado, como en el interior mismo de la disciplina, lo constituyó la acción política de Camilo Torres. Su rebeldía cristiana, su enfrentamiento con la jerarquía eclesiástica y su posterior vinculación con un grupo insurgente armado fueron determinantes en el rompimiento de la Facultad con el Estado y de la crisis de las orientaciones metodológicas, epistemológicas y teóricas que inspiraban a los primeros sociólogos profesionales.

Esta ruptura fue una expresión de un proceso más general de la radicalización estudiantil universitaria de la década de los setenta, y que tuvo un severo impacto en el ejercicio de la sociología colombiana. En efecto, como lo han señalado los varios analistas de la historia de la disciplina, esta década se caracterizó por un rechazo a la orientación original de las diversas instituciones de enseñanza universitaria: la sociología fue considerada un apéndice del positivismo y del pragmatismo norteamericanos, los estudios de comunidad fueron criticados por ser parciales y por no contribuir ni al cambio social ni a la comprensión de las grandes tendencias de la sociedad colombiana, y ni los métodos ni las orientaciones correspondientes se consideraban adecuados a las nuevas orientaciones teóricas y políticas.

Era un momento en el que los grandes debates teóricos conducían a privilegiar las categorías de la economía política y a deducir tendencias sociales a partir de interpretaciones doctrinarias de las diferentes vertientes del marxismo. Así los supuestos determinismos estructurales de la economía y la dinámica imputada a las clases sociales agotaban en el análisis el espacio de la acción y de los actores sociales. Muchos esfuerzos de los sociólogos pretendían apuntalar una u otra de tales vertientes y derivar a fortiori, elementos más normativos que descriptivos y explicativos de los rumbos de nuestra sociedad. No obstante, en forma paralela pero muy marginal, otras investigaciones continuaban un curso teórico y empírico independiente y proponían descripciones, hipótesis e interrogantes que algunos años más tarde cobraron relevancia.

La resurección de la carne

Si el período comprendido entre los finales de la década de los sesenta y mediados de los setenta se caracterizó por las orientaciones descritas, en 1978 se produjo un evento que tuvo enorme significado para el renacer de la disciplina y fortalecimiento de su institucionalidad. En efecto, la organización por parte del Icfes, organismo rector de la educación superior, de grupos de trabajo académico encargados de evaluar la calidad de la educación superior en cada disciplina y de colaborar en el diseño de las disposiciones estatales para garantizarla, propició que un numeroso grupo de sociólogos iniciara un proceso de reorganización gremial y profesional, reactivara los desaparecidos congresos nacionales de sociología y animara el desarrollo de otros rituales académicos, expresión indispensable de la identidad y la integración de todo colectivo disciplinario.

Esta fue una coyuntura afortunada en la medida en que permitió una mirada retrospectiva a los veinte años anteriores, el inicio de nuevos diálogos y confrontaciones académicas, docentes e investigativas, renovó los esfuerzos para la conformación de una comunidad científica sociológica e hizo conciencia sobre la expansión cuantitativa y regional de la profesión. De esta vuelta de década y de la dinámica disciplinaria que la acompañó , dan testimonio la revitalización de la Asociación Colombiana de Sociología, el Tercer Congreso Nacional, la aparición en la Universidad Nacional del primer número de la Revista Colombiana de Sociología y la fundación del Departamento de Sociología en la Universidad del Valle. En estas condiciones era de esperarse, como de hecho ocurrió, que florecieran nuevas y diversas perspectivas, y que las dinámicas académicas y las demandas profesionales inspiraran cambios que hacían obsoletas las orientaciones del pasado inmediato.

El proceso de apertura temática experimentó un impulso notable: si la actividad de los sociólogos había dejado de responder tanto a las demandas de reforma del Estado y de modernización de la sociedad propia de los sesentas como a la orientación politizante y de oposición radical de los setentas, ahora se observó un interés por una apertura temática, teórica y metodológica que marcara la pauta del nuevo quehacer de la disciplina.

Los diferentes congresos nacionales (entre 1980 y 1991 se celebraron ocho), los Coloquios del Departamento de Sociología de la Universidad del Valle (se realizaron cinco entre 1981 y 1991), los Congresos de Investigación-Acción de Cartagena (1977 y 1997) y la publicación de sus respectivas memorias así como la proliferación de otras publicaciones, y la aparición de organizaciones privadas de investigación y consultoría, atestiguan este renacer. Por otra parte, la apertura de dos programas de postgrado en la universidad pública (Nacional y del Valle), muestra la pretensión de desarrollar una masa crítica de alto nivel en investigación social. Y sin embargo, paralelamente estos años han visto la agonía y muerte de varios departamentos universitarios, al punto que hoy día sólo se conservan muy pocos en universidades públicas y privadas.

Este proceso refleja, por lo demás, uno de los rasgos más notables de nuestro sistema universitario actual. En efecto, la meritocracia formal como canal de ascenso social y de inserción laboral que se expresa en la expansión y masificación de la educación superior, ha estado soportada en gran medida en pocas universidades privadas de élite y en una serie de otras de muy dudosa calidad dedicadas a calificar socialmente el “profesionismo” a expensas de un desarrollo académico de calidad. Pero también como componente importante deben reconocerse los problemas de identidad y el desdibujamiento de las competencias profesionales de los sociólogos, que pudieran garantizarles un espacio propio.[24]

Perspectivas del presente

Este espíritu de los años ochenta puede condensarse en la emergencia de los llamados nuevos movimientos sociales y las crisis de los grandes paradigmas totalizantes, que en la sociología colombiana presentan varios efectos importantes: por una parte abren un repertorio temático nuevo que tiende a legitimar la vida cotidiana (en la familia, en la escuela), y el mundo privado e íntimo como preocupación académica. También permite reformular temas ya consagrados como la familia, la etnicidad, las subjetividades e identidades, y reformular concepciones y límites de las relaciones entre lo público y lo privado y en la órbita misma de lo público.

Esto desde luego mueve las fronteras disciplinarias consagradas en distintas direcciones y estimula los diálogos con otras disciplinas sociales y humanas: la antropología, la historia, el psicoanálisis, la psicología, la lingüística, la economía y la politología. Pero también estos cambios operan en otras direcciones, por ejemplo perfilando lo ambiental como un eje de trabajo que implica un acercamiento a la biología y a varias de sus expresiones prácticas.

Por otra parte aparecen propuestas renovadoras, aunque no siempre muy afortunadas para la producción intelectual de los sociólogos, en el reencuentro con el individuo-actor social (previamente refundido en los laberintos de las macroestructuras), en las posturas epistemológicas y metodológicas que pretenden reconceptualizar las relaciones entre los sujetos (investigador-investigado), por ejemplo a través del quiebre de sus asimetrías frente al conocimiento, o frente a la devolución de la palabra a los protagonistas -generalmente víctimas-.

Desde mediados de los años setenta, en el ámbito de la docencia universitaria se registra una notoria disminución en el número de programas y de estudiantes de pregrado y ya para finalizar la década del noventa aparece un nuevo programa en la Universidad del Rosario. En el nivel de estudios y títulos de postgrado la oferta es bastante reducida y los cambios menos drásticos en cuanto existen sólo dos programas, en la Universidad Nacional y en la del Valle respectivamente. Hacer una caracterización de los rasgos centrales de la actividad investigativa de los sociólogos en Colombia hoy día es una tarea que desborda los límites que nos hemos impuesto. Es posible, sin embargo, resaltar los más relevantes:

En primer lugar, se ha dado una evidente tendencia hacia los desarrollos regionales. La hegemonía que en décadas pasadas tuvo la Universidad Nacional ha cedido lugar a un desarrollo cualitativo y cuantitativo importante en algunos centros universitarios y organizaciones regionales de investigación. En especial en las universidades públicas, como las del Valle y Antioquia, y en menor grado en otras, se han consolidado grupos de sociólogos que avanzan en trabajos de importancia. Y paralelamente se ha suscitado un énfasis en los estudios regionales, en los que se destaca tanto el énfasis en rasgos propiamente locales como la expresión regional de fenómenos nacionales. Los estudios de expresiones de violencias, las dinámicas de los conflictos, las migraciones, las relaciones interétnicas, la configuración urbana y los procesos políticos locales, entre otros, en Antioquia y el Valle del Cauca hoy ocupan lugar central en la producción sociológica colombiana.

En segundo lugar, se tiende a consolidar una posición más flexible en las propuestas teóricas y metodológicas en función de la investigación empírica, que busca, mediante la combinación de diferentes perspectivas, enriquecer la capacidad descriptiva, analítica e interpretativa. Esta nueva opción permite el desarrollo de una actitud menos prisionera de los rigores de los marcos teóricos y más abierta a la investigación empírica. Parece que una cierta dosis de sana heterodoxia ha permitido mayor creatividad y, sobre todo, capacidad de identificación y descripción de fenómenos que no podían ser adecuadamente abordados con marcos teóricos estrechos y forjados a partir de realidades muy distintas de la nuestra. Esta nueva actitud proviene, parcialmente, de un fecundo intercambio con otros analistas sociales y con trayectorias metodológicas y teóricas diferentes. Las facultades de ciencias sociales, los centros de investigación y otras organizaciones de este tipo se convierten en nichos de investigaciones e intercambios de experiencias y saberes interdisciplinarios.

En tercer lugar, se destaca la ampliación y diversificación de temas que se suscitó con el renacer de la disciplina durante la década de los ochenta. Una ojeada rápida permite ver cómo el panorama de temas y problemas se amplía y ya no nos encontramos exclusivamente con los énfasis tradicionales en los procesos de reforma y funcionamiento del Estado o las vicisitudes de la modernización de nuestra sociedad. Hoy es posible encontrar una buena producción en temas como la cultura urbana, las diferentes formas de violencia, el ordenamiento territorial, la educación, la política, el trabajo, la industria, el narcotráfico, la salud, la Investigación-Acción Participativa (IAP), la defensa nacional, el desarrollo urbano y rural, los partidos, los actores armados, la pobreza, las migraciones, la mujer y el género, la familia, la infancia, la ecología, los conflictos regionales, la historia de diferentes prácticas y disciplinas, la historia de la ciencia, la religiosidad popular, las formas de gobierno, organización y participación política local, el sindicalismo. En fin, se trata de un panorama bastante amplio que promueve la tendencia de la sociología a independizarse de la razón de Estado y a desarrollar sus temas en respuesta a estímulos mucho más amplios.

En cuarto lugar, la apertura teórica y metodológica y la ampliación temática descritas se han traducido en un proceso por el cual los linderos de la sociología tienden a hacerse cada día más tenues. Los diálogos Ínter y transdisciplinarios, las formas de organización profesional y administrativa de la investigación y las exigencias de la diversificación temática han conducido a una ampliación de los lenguajes, modelos, marcos teóricos y requerimientos metodológicos que al tiempo que aproximan la sociología y las disciplinas afines estimulan su mutuo enriquecimiento y su capacidad para neutralizar el peso que las ya viejas orientaciones positivistas les impusieron.

En quinto lugar, la interacción de los fenómenos anteriores se ha traducido en que en forma concomitante con su desdibujamiento disciplinario, la sociología colombiana ha perdido gran parte de su perfil profesional y la comunidad sociológica ha perdido gran parte de su dinamismo. En efecto, llevamos ya unos buenos años sin organizar congresos nacionales, y los tres últimos no han contado con sendas memorias, los Coloquios de la Universidad del Valle han desaparecido, la Asociación que nos hizo revivir hace veinte años como comunidad está hoy día moribunda, y sólo algunos esfuerzos aislados de unos cuantos quijotes que, como es obvio, no alcanzan a pasar de la respiración artificial, han impedido su muerte definitiva. En estas condiciones se comprende que los debates y confrontaciones temáticos y metodológicos sean escasos o inexistentes, que no se haya podido solidificar una comunidad disciplinar y unos órganos periódicos de difusión de ideas, y que en consecuencia la sociología colombiana siga siendo, con notables excepciones, parroquial y tímida en sus avances, más aún si se la compara con algunos de nuestros vecinos latinoamericanos.

Las excepciones, escasas en número, desarrollan trabajos importantes, participan en círculos académicos extranjeros e internacionales, difunden su producción intelectual en publicaciones reconocidas de distintos países o están incorporados en una comunidad académica amplia. En este punto se destaca el auge de los estudios políticos, llevados a cabo por centros universitarios interdisciplinarios en los que los sociólogos realizan notorios aportes. El Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (lepri) y el Centro de Estudios Sociales (Ces), ambos de la Universidad Nacional marcan una buena pauta en esta dirección, seguidos por el Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia y el Centro de Investigación y Documentación Socioeconómica de la Universidad del Valle. El primero de ellos cuenta con una revista de amplia circulación y con una apreciable cantidad de libros. Sus trabajos sobre la violencia colombiana le han valido un reconocimiento nacional e internacional. El Ces ha realizado investigaciones importantes sobre sociología industrial y del trabajo, y sus contribuciones al estudio de la violencia y al desarrollo de un pensamiento feminista no son desdeñables. Los centros de Antioquia y el Valle han hecho contribuciones reconocidas a los estudios de coyuntura y de conflictos regionales.

Finalmente, en sexto lugar es necesario hacer explícito cómo hay dos campos específicos de la construcción teórica e investigativa en los que la sociología colombiana se ha planteado de una manera bástante original y que le han valido reconocimientos internacionales. Tales campos son el que, a partir de un neologismo impresionista y a veces prisionero de un sentido peyorativo, se ha llamado la “violentología”[25], y la teoría y práctica de la Investigación-Acción-Participativa.

Probablemente el aporte más original y significativo de la nueva mirada al tema haya sido el reconocimiento de que en Colombia coexisten diferentes expresiones de violencia, y que en consecuencia ésta no se agota en el conflicto armado que enfrenta a las guerrillas con el Estado. Sin duda existían trabajos previos que examinaban diferentes formas de violencia; el mérito de la nueva perspectiva fue formalizar la coexistencia y tratar de buscar las relaciones de esas varias expresiones. La aceptación de que las vidas cotidianas de los colombianos se encuentran día a día amenazadas por múltiples formas de violencia cuyas dinámicas no se asocian directamente con el conflicto armado y sí con la calidad de vida, con la manera como se organizan las relaciones sociales, con patrones de acumulación de riqueza y generación de desigualdades sociales, con las formas de discriminación en el acceso a bienes y servicios, con la precariedad de derechos y otras formas de ciudadanía y de consumos colectivos, con nuevas formas de acumulación de riqueza y sus concomitantes expresiones de ilegalidad y organización de la delincuencia, significó sin duda un avance en la investigación social sobre el tema.

Lanzar la tesis de que la violencia del conflicto armado, por contar con actores reconocidos y articulados a un conjunto específico de demandas político-sociales y a intereses explícitos en torno de la organización del Estado y los rumbos deseados de la sociedad, puede ser negociable, en tanto que esa otra, difusa, que no tiene actores ni intereses fijos y organizados, debe ser objeto de políticas sociales, económicas y culturales distintas del diálogo y negociación, puede parecer hoy una obviedad. Sin embargo, en su momento significó un avance considerable en el campo del análisis social y las políticas estatales posibles y deseables.

Es natural que algunas de las nuevas tesis esbozadas hayan sido objeto de debate y de hecho algunas de ellas hayan sido superadas. De eso justamente se trata en la investigación científica. Aún así es innegable que la perspectiva que se abrió con las nuevas miradas significó una fuerte redirección temática, el diseño de nuevas aproximaciones metodológicas, la revalorización de enfoques que buscan combinar lo cualitativo con lo cuantitativo y el recurso a fuentes de información hasta ahora descuidadas. Y, no menos importante, nuevas exigencias para nuevas políticas estatales. No se puede desconocer que a partir de entonces se ha formado una importante masa crítica de investigación sobre la violencia y que los enfoques tradicionales y simplistas perdieron toda audiencia. Esto es especialmente importante en un tema que por años dividió a los colombianos y que por lo mismo se hacía elusivo. Hoy, con la experiencia iniciada en el libro pionero de Guzmán, Fals y Umaña y continuada con el de la Comisión de 1987, con los aportes que se dieron entre los dos textos y los que se han suscitado en los últimos años, se puede decir que la sociología colombiana sí ha hecho una contribución importante al tema.

La Investigación-Acción Participativa (IAP) se inició en Colombia a partir de las prácticas investigativas y políticas de “La Rosca de Investigación y Acción Social”, una agrupación de investigadores sociales, dos de los cuales eran ministros presbiterianos ordenados, y cuya figura más destacada fue, de nuevo, Orlando Fals Borda.[26]

Los esfuerzos de sus miembros se dirigieron a buscar nuevas fuentes de información, privilegiando las memorias locales, las entrevistas con personajes claves, las reuniones en las que se buscaba hacer surgir elementos de memoria colectiva, en fin, el privilegio de la propia voz de los sujetos investigados.

En el campo político fundaron su acción en el apoyo al campesinado que, en especial en algunas regiones de la costa atlántica, fraguaba un fuerte movimiento de reivindicación de la tierra.

En más de un sentido la acción de la Rosca tendía a reeditar las orientaciones sociológicas originales de Fals Borda, en particular en lo relativo a la práctica de la investigación participante, con componentes etnográficos e históricos. Sin embargo, las diferencias saltaron pronto a la vista. Ya Fals no estaba comprometido con la epistemología positivista de sus años mozos; ya no se trataba de estimular un proceso de modernización social acorde con los postulados del desarrollo rural impulsado por las políticas de la Alianza para el Progreso; ahora se buscaba impulsar procesos revolucionarios de reivindicación de sectores sociales tradicionalmente oprimidos. De hecho, la organización, alguno de cuyos integrantes era un marxista declarado, fue una amalgama de la actitud reivindicativa protestante, con la noción del intelectual orgánico de Antonio Gramsci.

La corta vida de la Rosca no fue obstáculo para que Fals Borda continuara trabajando en la línea investigativa propuesta, y así fue afinando sus perspectivas y diseñando lo que vendría a ser reconocido internacionalmente como la Investigación-Acción Participativa. Su gran presentación ante la sociedad internacional fue doble: de una parte, el Simposio de Cartagena (1977), en el que confluyeron representantes de varias disciplinas y de diferentes países del mundo y mostraron que la perspectiva tenía un amplio campo ganado y un buen trecho por recorrer. De otra, la publicación, entre 1979 y 1986, de su obra mayor, Historia doble de la costa, constituida por cuatro tomos, en la que Fals empleó las técnicas de la IAP de una manera sistemática.

Aunque la IAP conserva rasgos centrales, como la nueva reinstalación de la ética en los procesos de investigación y promoción social, la reivindicación de la democracia como fuente de inspiración intelectual y política, la reivindicación de la relación sujeto-sujeto en la investigación, por oposición a la tradicional postura supuestamente neutral del positivismo, a lo largo de su recorrido han sido claros y fuertes los cambios experimentados. En efecto, en algunos momentos iniciales el exceso de confianza en lo popular llevó a Fals y a algunos de sus más cercanos seguidores a bordear posiciones de rechazo a preceptos teóricos y metodológicos considerados tradicionales y a buscar el diseño de nuevas epistemologías y verdades basadas en las voces directas de representantes de lo popular. El peligro de caer en un reduccionismo de lo vernáculo y de las expresiones espontáneas, y con ello de desconocer el papel mistificador de las ideologías en los propios sujetos de lo popular, fue una amenaza real. Sin embargo, recientemente Fals ha morigerado su posición radical, y en las últimas versiones de la IAP se observa una mayor apertura a la confrontación y coexistencia de paradigmas alternativos, y por ende una mayor flexibilidad epistemológica y teórica dentro de la misma.[27]

La IAP ha tenido, como es natural, detractores y fervorosos simpatizantes. Sin duda una evaluación a fondo escapa los límites impuestos a este artículo. Sin embargo, hoy no parece haber duda de que la promesa de la IAP radica en las posibilidades de investigación que ha abierto en el país, más que en sus perspectivas políticas, campo en el cual no ha podido superar las restricciones que la signaron desde su origen. Cualquier sociólogo observador de la escena política contemporánea en Colombia estaría de acuerdo con nosotros en que cada día que pasa se hace más lejana la promesa que inspiró a los fundadores de la “Rosca”. Sin embargo, la mayor parte de la tarea que se propuso su inspirador ha sido lograda, y con ello ha enriquecido las perspectivas nacionales e internacionales de investigación sociológica.

¿Y el futuro qué?

Para finalizar, resulta indispensable aventurar alguna mirada hacia los primeros años del nuevo siglo y milenio intentando maniobrar, como los antiguos navegantes del Estrecho de Mesina, entre el Caribdis del pesimismo y la Escila del deseo, en particular cuando las crisis actuales del Estado apuntan a una mayor debilidad de la universidad pública y a una virtual desaparición de la investigación básica, pero cuando los procesos de paz y de reconstrucción de la sociedad colombiana reclaman a voces una presencia alerta y cualificada de los intelectuales colombianos.

En cuanto a la comunidad disciplinaria, y si nuestros análisis son adecuados, nada parece indicar que pueda generarse una nueva coyuntura de integración o una dinámica colectiva. Por el contrario, puede preverse un grado más alto de segmentación en cuanto se mantenga la distancia tendencial entre una pequeña élite de sociólogos con experiencia académica doctoral y postdoctoral, con vinculaciones y acceso a fuentes de financiación internacional y con limitadas posibilidades de reproducirse a través de la estructura universitaria.

En cuanto a la investigación, la tendencia hacia lo regional puede verse impulsada por las dinámicas en torno de la paz, la descentralización y la recomposición territoriales, la impostergable reconstrucción de la sociedad rural y desde luego las prioridades ambientales y de recursos naturales.

Los nichos extrauniversitarios de investigación y de generación de propuestas sobre el país y otras entidades y fundaciones de cooperación internacional probablemente tenderán a concentrar una parte importante de la dinámica intelectual y técnica de los próximos años. La articulación con las universidades, en la medida en que éstas realmente constituyen las únicas opciones para una investigación libre, científica, no ligada a intereses estatales o de empresas o ideologías, puede aportar bases para una nueva redefinición de nuestro futuro.
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[*] Sociólogos de la Universidad Nacional de Colombia. Profesora de la Universidad Externado de Colombia e Investigador del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional.«« Volver

[1] Los trabajos más conocidos son los de Restrepo, 1980; Cataño,1980¡ Cubides, 1991; Restrepo 1990; Camacho y Hemández,1991. Un intento de analizar más globalmente el tensa de las ciencias sociales es el de Uricoechea,1980. Véase la bibliografía al final.«« Volver

[2] La disputa de la tutela eclesiástica-a Ia educación y a la vida privada por un proyecto secular, constituye uno de los nudos reconocibles del liberalismo decimonónico radical; rio así en el terreno de la democracia, cuyos límites excluyentes de la ciudadanía operan tanto en el espacio de lo público como en el de lo privado. En los años treinta algunas medidas legislativas avanzan en ambos terrenos, pero los impulsos de cambio se agotan muy rápidamente. Con el Frente Nacional en los años sesenta, pese al clima de agitación y crítica de te juventud incluida la colombiana, aparecen en el horizonte otras opciones político-ideológicas.«« Volver

[3] Gabriel Restrepo, “El Departamento de Sociología del a Universidad Nacional y la tradición sociológica en Colombia”, en La sociología en Colombia, balance y perspectivas, Bogotá, Asociación Colombiana de Sociología, 1980.«« Volver

[4] Citado en La sociología…, pág. 30; véase igualmente Camacho Roldán Notas de viaje, Bogotá, Banco de la República,l973, esp. T.l.«« Volver

[5] Coetáneos de estos autores fueron José Eusebio y Miguel Antonio Caro, Mariano Ospina Rodríguez, Sergio Arboleda, Rafael Uribe Uribe entre otros. Sus obras, aunque importantes desde el punto de vista del pensamiento social, ya que se encuentran en ellas brillantes intentos de descripción de la nacionalidad colombiana, son más ideológicas y doctrinarias que sociológicas. Para tener un panorama del pensamiento sociológico colombiano hasta 1959 véase Jaime Jaramillo Uribe, De la sociología a la historia, Bogotá, Ediciones Uniandes, 1994.«« Volver

[6] Rafael Nuñez, La reforma política en Colombia, editado por Rafael M. Merchán, Bogotá, Imprenta de La Luz, 1885, pág. 400. Esta y las citas siguientes de Núñez se encuentran en los artículos publicados en La Luz, de Bogotá y El Porvenir, de Cartagena entre 1878 y 1884«« Volver

[7] Ibid, págs. 412-13 «« Volver

[8] José Maria Samper, Ensayo sobre las revoluciones políticas, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, Dirección de Divulgación Cultural, 1969 (original de 1861). «« Volver

[9] Miguel Samper, La miseria en Bogotá y otros escritos, Bogotá, Biblioteca Universitaria de Cultura Colombiana, 1969 [1898], pág. 30.«« Volver

[10] Carlos Martínez Silva, “El gran ciudadano”, prólogo a Miguel Samper , La miseria…«« Volver

[11] López de Mesa, De cómo se ha formado la nación colombiana, Medellin, Editorial Bedout, 1975 (1934).«« Volver

[12] Alejandro López, I,C, Problemas colombianos, Medellín, Editorial La Carreta, 1976 [1927].«« Volver

[13] Armando Solano, La melancolía de la raza indígena, Bogotá, Publicaciones de la Revista Universidad, 1939.«« Volver

[14] Orlando Fals Borda, “El campesino cundi-boyacense: Conceptos sobre su pasividad” en Revista de Psicología, V. 1, No. 2, Bogotá, Universidad Nacional,, 1956, págs. 206-229. «« Volver

[15] Luis Eduardo Nieto Arteta, Economía y cultura en la historia de Colombia, Bogotá, Ediciones Tercer Mundo, 1969. 16 Ibid., pág/91. «« Volver

[16] Ibid. pag. 91.«« Volver

[17] Jaime Jaramillo Uribe, De la sociología…«« Volver

[18] Orlando Fals Borda, El hombre y la tierra en Boyacá, Bogotá, Ediciones Documentos Colombianos,1957. Del mismo autor, “Campesinos de los Andes”, en Monografías Sociológicas, No. 7, Bogotá, Facultad de Sociología de la Universidad Nacional, 1961.«« Volver

[19] Véase la bibliografía de Fals Borda recopilada por Micíades Vizcaíno, en Gonzalo Castaño y otros, Ciencia y compromiso: En torno a la obra de Orlando Fals Borda, Bogotá, Asociación Colombiana de Sociología, 1987.«« Volver

[20] Véase Arthur J. Vidich, y Stanford M. Lyman, American Sociology: Worldly Rejections of Religion and Their Directions, New haven, Yale University Press, 1985. También Max Weber, “Retigious Rejections of the World and Their Directions”, en Hans Gerty C. Wright Mills, (eds.), From Max Weber: Essays in Sociology, New York, Oxford University Press, 1958.«« Volver

[21] El Pledes otorgó los primeros títulos de Magister en Sociología. En 1966 se otorgó en la Facultad el único doctorado (Ph.D) en sociología al por entonces profesor de la misma Aaron Lipman, cuya tesis se publicó bajo el titulo de El empresario bogotano, Bogotá, Coediciones Tercer Mundo y Facultad de Sociología de la Universidad Nacional, 1966. «« Volver

[22] Germán Guzmán Campos, Orlando Fals Borda y Eduardo Umaña Luna, “La violencia en Colombia. Estudio de un proceso social”, en Monografías Sociológicas, No. 12, Bogotá, Facultad de Sociología de la Universidad Nacional, coedición con Ediciones Tercer Mundo, 1962.«« Volver

[23] Diversas tendencias político-ideológicas se expresaban en las universidades, en particular del sector público, y se disputaban el control de la juventud. En la Universidad Nacional, por ejemplo, la derecha católica desplegaba una importante actividad en torno de la Capellanía y con el apoyo de empresarios vinculados a la Acción Católica, mientras en la izquierda comenzaban a moldearse corrientes inspiradas en la Revolución Cubana y en sus-héroes.«« Volver

[24] Véanse los trabajos críticos de Gonzalo Cataño, “La soc¡ología,en Colombia: un balance”, y Fernando Uricoechea, “¿Qué pasa con la ciencia social en Colombia?” en Asociación Colombiana de Sociología, La sociología… La “desvalorización” social de la profesión constituye un nudo bastante complejo de factores exógenos y endógenos que no es posible desatar en los límites del presente articulo. Ya se han hecho . algunos avances, aunque no suficientes, en esta dirección. No obstante, como se decía en un acápite anterior, la transformación de la niña bien en pecadora no es independiente de la desorbitada expansión del mercado de títulos de postgrado, del predominio de la universidad privada pero tampoco lo es de la simultánea valorización de otras disciplinas que, como la ciencia política, son más pragmáticas y/o más cercanas a la instrumentalidad del poder.«« Volver

[25] La expresión surgió a raíz del libro Colombia, violencia y democracia, Bogotá, Universidad Nacional, 1987, producto de una comisión de analistas en la que participaron algunos sociólogos al lado de otros científicos sociales.«« Volver

[26] Ernesto Parra, La investigación-acción en la costa atlántica. Evaluación de la Rosca, 1972-1974, Cali, Funcop, 1983. Un poco más tarde se unieron otros investigadores no protestantes.«« Volver

[27] Véase Fals Borda, “La Investigación-Acción Participativa: Política y Epistemología”, en Camacho (Ed.), La Colombia de hoy: sociología y sociedad, Cali/Bogotá, Cidse/Cerec, 1986 y el comentario de Roux en la misma obra.«« Volver

Canción “Guerrillera”, homenaje a las mujeres

Una de las canciones de la banda sonora, “Guerrillera”, en homenaje a todas las mujeres que luchan día a día

 

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Una respuesta a Actualización: Exitoso inicio de actividades de Homenaje a Camilo Torres en LMD con el documental “Camilo: El cura guerrillero” – Camilo: El cura guerrillero – 1973, una crítica de cine – “Liberación o muerte: 3 curas aragoneses en la guerrilla colombiana”: Antecedentes biográficos de los 3 sacerdotes – Carlos Marx y la novia de Jesús, o una monja colombiana en la guerrilla del ELN – En los cuarenta años de la Sociología Colombiana y el aporte de Camilo Torres – Video: Canción “Guerrillera”, homenaje a las mujeres

  1. Gloria Sellera dijo:

    ¡¡¡Excelente!!! Muchas gracias.

    El 23 de enero de 2016, 22:10, Comite de Amistad Chileno con el Pueblo

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