Chile grita: ¡Manuel Gutiérrez, presente! – Su último tiempo, su último aliento – “Regalo de Navidad” – Chile: “No sabía que existían dos tipos de justicia hasta que nos ocurrió esto” – A 5 años de su asesinato: actos, mitines, marchas, por un lado; represión e impunidad por otro – De hace 5 años: “La muerte de Manuel Gutiérrez y la impunidad policial en Chile” ¿Qué ha cambiado? “HERMANO, ME DIERON”

 

Manuel Gutiérrez,

joven evangélico de la Pentecostal

marchando por una causa social

era una contradicción vital

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En Chile en el año 2011, en plena efervescencia estudiantil, con cientos de miles de estudiantes movilizados, el crimen de un joven llamado Manuel Gutiérrez enlutó al movimiento estudiantil y remeció al gobierno de Sebastián Piñera. En el libro “Todos somos Manuel Gutiérrez”, la periodista Tania Tamayo Grez reconstruye el conflicto social que provocó la muerte de Manuel. A continuación el capítulo “El último tiempo, el último dolor”, publicado por su autora en http://www.ojoentinta.com

 

En su vida, Manuel tuvo una larga lista de enamoradas y pololas, varias de su iglesia. Lista que le había otorgado el sobrenombre de “carroñero”.  “A mis encantos, súmenle que soy moreno de ojos pardos”, escribió una vez en alguna red social porque sabía que el color de ojos era un plus que contrastaba en las fotos junto a su boca gruesa y roja. Pero al morir Manuel amaba a Cynthia, a quien había conocido luego de mirarla meses subir al mismo bus amarillo del Transantiago, el D07. Y si no hubiera sido por la broma de un amigo suyo, que le dijo a la muchacha que el niño de “ojos lindos” era padre de gemelas, haciendo que la joven reculara, Manuel y Cynthia habrían comenzado a pololear antes.

 

Solo empezaron a hablar el 8 de abril de 2011, cuando los terceros y cuartos medios del liceo técnico y comercial Saint Lawrence se dispusieron a hacer una colecta para la fundación “Nuestros Hijos”, momento en que Manuel se había acercado a saludarla con la capucha de la fundación, un tarrito para las monedas en la mano derecha y un rollo de autoadhesivos en la izquierda.  Y ella —que en esa época se teñía el pelo rojo, se estiraba los calcetines grises del uniforme hasta arriba y se apretaba el nudo de la corbata—, se hizo la indiferente, incluso cuando él le dijo, canchero: “Suerte, que te den harta plata”.

Manuelypolola

Cynthia nunca dejaría de ponerse nerviosa con su presencia. Lo encontraba de su tipo: ni blanco ni moreno, de ojos claros, alto y macizo como ella. Un “chico de familia”, a pesar de compartir eso de los padres separados que tanto les dolía a ambos, razón por la cual una mañana Manuel le pidió que lo abrazara fuerte, pero que no le preguntara nada. Se había enterado de un secreto que no le podía contar. Era lo de su hermanastra. Cynthia lo supo después de la muerte.
En sus últimos años el joven estudiante cristiano había ido a buscar una y otra vez a su mamá al cibercafé del Sandro, donde ella llamaba insistentemente  a su ex esposo y a la nueva pareja de este a la ciudad de Coronel, perdiendo la noción del tiempo y haciendo los últimos intentos por revivir un amor ya muerto. “Sácamelo de mi corazón, Señor, solo tú puedes sacarme este amor que me hace tanto daño”, oraba Mireya y gemía, a esas alturas, o se quedaba dormida frente al computador de la casa escuchando canciones de Marco Antonio Solís, hasta que un día su hija mayor la tomó de los hombros y le gritó que reaccionara, que hasta cuándo sufría, que tenía que pensar en sus hijos.

 

—Mamita, ¿hasta cuándo? ¿Por qué llamaste a la tipa esa? —le preguntó Manuel una noche en que todo se escapó de las manos.
—No sé, Manuelito, es que tu papá me miente. Ya no doy más.
—Mamita, olvídate. No estai bien. Tú no eres así. Ponte en manos del Señor, te lo pido.
Y después  de eso el joven tomaría un celular prestado y llamaría a escondidas a la “otra mujer”; le pediría disculpas en nombre de su madre y calmaría las aguas porque a su papá también lo quería, y mucho.

 

Con su padre, en el último verano, se tomó una foto en una plaza de la ciudad de Coronel, la única vez que veranearon solos. Con esa foto el progenitor se hizo un llavero, pero tras la muerte del muchacho el líquido de alguna taza cayó infaustamente  sobre ella y se mojó. Ahora el hombre la lleva en la billetera esperando que se enderece y se estire como al principio. “Ese viaje fue precioso”, recuerda Manuel padre. “El Mane vino a verme y nos echábamos a conversar a la cama, nadie nos podía molestar. Mi hijo ese año estaba más grande, más hombre, era como un amigo más”.

 

Tal vez ese crecimiento hizo que Manuel participara, aunque someramente, del movimiento estudiantil, visitando la toma de su colegio que fue organizada debido a importantes demandas internas: los baños en mal estado y el aporreado tercer piso de la construcción que desde el terremoto de febrero de 2010 nunca fue arreglado por el sostenedor, que no estaba invirtiendo en seguridad, decían los alumnos, quienes se las arreglaron periódicamente para hacer ollas comunes y jornadas de reflexión.

 

Y asistió  a una marcha con el mismo Benjamín del Coro de Proyección: la marcha del 30 de junio de 2011 que reunió a más de 100 mil estudiantes en la Alameda. Se habían juntado en la población, sin pedir permiso, habían tomado el bus 514 del Transantiago y mientras este avanzaba por la calle Salvador se rieron porque era la primera vez que hacían algo así.

 

—¿Llevai una polera?
—¿Pa’ qué?
—Pa’ taparnos la cara, poh.
—Ah, sí llevo.

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Jóvenes y evangélicos de la Pentecostal marchando por una causa social era una contradicción vital. Así llegaron a Plaza Italia y caminaron con las columnas eternas de estudiantes hasta Los Héroes, gritando completas las consignas que entonaba la mayoría: “a ver, a ver, quién lleva la batuta, los estudiantes o los hijos de puta”. A ratos a Benjamín  se le perdía Manuel y se asustaba, sentía que estaba en una batalla campal.

 

Luego de una encerrona policial corrieron con un grupo de secundarios hasta una casona abandonada donde se armó un caos grande por las lacrimógenas que los hicieron toser y botar mocos húmedos hasta la boca. “Métete acá, hueón”, se aconsejaban. Pero apenas veían, por eso no les importó que en la edificación que los protegía, con aires de palacete, las murallas, puertas y ventanas estuviesen a punto de caer.

 

—¿Qué estamos haciendo aquí? Podríamos estar en la casa —dijo Manuel, riéndose.
—Tomando desayunito —respondió Benjamín.
—Viendo tele —contribuyó Manuel.
—¡Hablen despacio que afuera andan los pacos a caballo!—alguien dio la orden.

 

Entonces repararon en una vendedora de sopaipillas que también se escondía junto a su carro, y que como buena comerciante ahora vendía limones para las consecuencias del gas. Le compraron dos, los chuparon, se secaron los mocos y salieron del lugar creyéndose el cuento. Ya en plena Alameda se encontraron con una centena de encapuchados lanzando piedras a Carabineros. Y sin hablar,  porque no era necesario, cada uno sacó una camiseta que había guardado en la mochila justo para eso, porque si estaban ahí había que vivir la experiencia de verdad y no a medias: se encapucharon.  Después se acercaron a la trifulca y lanzaron todo lo que encontraron hacia los funcionarios de Fuerzas Especiales, pero tras la batalla campal, y cuando por un lado venía la policía montada y por otro los carabineros en moto, se detuvieron, descubrieron sus rostros y caminaron disimulando por la vereda de la Panamericana hacia el sur. Hasta que finalmente tomaron el metro Toesca para volver a la Jaime Eyzaguirre. “Puta que la corrimos, hueón”, dijo uno. “Hicimos harto ejercicio”, dijo el otro, mientras avanzaban molidos y fatigados.
A Manuel no le gustaban las flores, decía que si moría jamás le pusieran amarillas porque eran poco masculinas, aún así Mireya después de la muerte le ha llevado amarillas, rojas y hasta tornasoles al cementerio.  Y bromeaba  en todos los lugares, como la vez en que se subió a la silla de ruedas de Gerson y, en plena calle, se levantó gritando “¡milagro, milagro!”, ante la mirada atónita de los automovilistas.

 

Dicen que era bueno para comer charquicán y lentejas, que todo lo que comió y la leche que tomó le sirvió para quedar solo con hematomas después de caerse a una piscina, con un pie atrapado en la baranda, el 12 de febrero de 2011. Que todo el mundo dijo que era porque tenía huesos fuertes y que a cualquier otro chico el accidente le habría fracturado las piernas. El tobillo, cuentan, giró casi en 180 grados por el peso de su cuerpo.

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En su último día, Manuel volvió corriendo de la casa de Cynthia. Había estado excesivamente cariñoso con ella, le había tocado las manos y la cara, más que otros días. Los brazos. También entró al baño de la casa de la muchacha para arreglarse el pelo recién cortado con una patilla fina, y le pidió que le tomara una foto. Ella se había acercado por la espalda mientras él se reflejaba y, con su celular, inmortalizó una imagen donde aparece él en primer plano y ella en segundo, con su cara tapada por el celular. Luego se tomaron la primera y única foto besándose con los labios puestos, uno sobre otro. Él había ido a comprar huevos para preparar panqueques y al volver le dijo a Cynthia que la señora del almacén le “cerró el ojo”, flirteando. Cynthia no le hizo caso, Manuel era bromista y coqueto, ella solo respondió con fuerza el abrazo largo que se dieron en la despedida.

 

En su última noche, la noche del 25 de agosto de 2011, el joven se recostó junto a su madre en el dormitorio de suelo de concreto y construcción liviana. La conectó a Facebook desde su celular, le conversó banalidades, se le acurrucó en posición fetal. Conversaron acerca de una colcha que la familia paterna de Manuel le había regalado al muchacho y que Mireya, que no se llevaba nada de bien con los Gutiérrez, menos después de la separación, le quería cambiar por “cualquier cosa”, entonces le ofreció alternativas:

 

—Ya que no me la vas a regalar, Manuelito, véndemela.
—No, viejita chica, la cuestión es de pluma, así que me tendrías que pagar mucha plata.
—¿Y si te la cambio por ropa? ¿Te regalo un polerón?
—¿Y qué más?
—Zapatillas.
—¡Hecho!

 

A las 23:15, después de su último momento en el regazo materno, cuando Mireya le sintió el olor de la piel y le acarició el cabello recién cortado, el joven pidió permiso para ir a dar una vuelta, sin decirle donde realmente iría: “mamá, déjame salir un ratito”.

 

Luego de eso, el asesinato.

Publicado en http://www.ojoentinta.com/todos-somos-manuel-gutierrez/

 por Tania Tamayo Grez, periodista
todossomosmanuelgutierrez

 

Luego del asesinato de Manuel Gutiérrez, su hermano Gerson Gutiérrez

en su lucha por justicia. Él fue testigo de su asesinato.

 

Chile: “No sabía que existían dos tipos de justicia hasta que nos ocurrió esto”

22 agosto 2014, 00:00 UTC 

https://www.amnesty.org/es/latest/news/2014/08/chile-no-sab-que-exist-dos-tipos-de-justicia-hasta-que-nos-ocurri-esto/

El día que Manuel Eliseo Gutiérrez, de 16 años, murió a causa de un disparo de la policía durante una manifestación en la capital chilena la noche del 25 de agosto de 2011, nadie imaginó que tres años más tarde, ese trágico hecho volvería a abrir el debate sobre la justicia militar en el país. La familia de “Mane”, como lo llamaba su hermano Gerson, recuerda aquella trágica noche casi como si entonces los relojes se hubieran detenido para siempre. Había sido un día lleno de tensión porque había tenido lugar una huelga general convocada por la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) en protesta por la falta de respuesta a un número de demandas sociales. La manifestación en Santiago se había extendido hasta la noche con algunos episodios de violencia por parte de un grupo demanifestantes.   Casi llegada la madrugada, Gerson, Manuel y otro amigo estaban observando los disturbios que tenían lugar en la zona sur de Santiago, parados en la intersección de las calles Américo Vespucio Sur y Amanda Labarca, cuando escucharon tres disparos. “De repente, Manuel, que iba caminando a un metro de distancia de mí, cayó al suelo. Vi que tenía un orificio de aproximadamente un centímetro de diámetro en el centro del pecho del que obviamente salía mucha sangre,” dijo Gerson.   Con la ayuda de vecinos, Manuel fue trasladado a un centro médico, donde murió, consecuencia de un paro cardiorrespiratorio por herida de bala torácica. El joven estudiante no fue la única víctima de los disparos. Esa misma noche, otro joven, Carlos Andrés Burgos Toledo, también recibió un disparo en su hombro derecho que le causó una lesión. Manuel era hijo de un pescador artesanal y su madre se hacía cargo de la casa. Era el menor de cuatro hermanos. “Era una persona muy alegre. Para todo tenía un chiste. Quería estudiar, sacar una carrera. En algún momento incluso quería ser carabinero para poder sacar a su familia adelante,” explicó Gerson. Justicia militar La primera reacción de las autoridades fue negar que la policía estaba detrás de los disparos, argumentando que se había tratado de un posible ajuste de cuentas entre jóvenes. Sin embargo, las primeras investigaciones concluyeron que agentes de policía habían estado involucrados en los hechos.   Desde el momento en que se constató la supuesta participaron de la policía, el caso estuvo a cargo de la justicia militar, que en Chile se encarga de investigar y sancionar los crímenes cometidos por carabineros y miembros de las fuerzas armadas en acto del servicio militar o con ocasión de él. En otras palabras, conforme a la normativa chilena, conductas que podrían constituir una violación a derechos humanos, son investigados por tribunales militares. Esto pone en riesgo el derecho a un juicio justo y al debido proceso, dada la falta de independencia e imparcialidad de esta clase de tribunales. Esto es porque los mismos están conformados principalmente por jueces no letrados y miembros de la propia institución militar, y por la falta de transparencia del proceso. “Nunca había escuchado hablar de la justicia militar. No tenía idea de que existían dos tipos de justicia hasta que nos ocurrió esto,” señaló Gerson.La investigación sobre la muerte de Manuel fue llevada adelante por el Segundo Juzgado Militar de Santiago. El 6 de mayo de 2014, después de casi tres años, el tribunal condenó al ex sargento Miguel Ricardo Millacura Cárcamo, autor de los disparos, a tres años y un día por el delito de violencias innecesarias con resultado de muerte del menor Manuel Gutiérrez, y a 60 días por el delito de violencias innecesarias causando lesiones menos graves al otro joven que fue herido. El tribunal resolvió sustituir las penas privativas de libertad y establecer un régimen de libertad vigilada por tres años y 61 días. Por su parte, una subteniente que fue procesada como encubridora por los delitos, fue absuelta. Para la familia de Manuel y para sus abogados la sentencia del tribunal militar muestra un sesgo de protección hacia los uniformados. Para ellos, una condena de poco más de tres años con el beneficio de la libertad vigilada y la absolución de quien habría actuado como encubridora de los hechos, no guardan proporción con la entidad del crimen y envía un mensaje débil acerca de cómo Chile responde a las violaciones de derechos humanos cometidas por la fuerza pública. “La pena podría haber sido de hasta 20 años, acorde las características y circunstancias. Si bien el tribunal ha desestimado la legítima defensa, como alegaba el acusado, ha aplicado la circunstancia atenuante de colaboración eficaz con la investigación, lo que es falso y sólo buscaría favorecer al principal inculpado. Además lo favorecieron al no aplicar ninguna de las agravantes contempladas en la ley, por eso estamos apelando. ¿Cómo puede el tribunal haber considerado como atenuante el haber colaborado sustancialmente con el esclarecimiento de los hechos cuando el sargento inicialmente negó a sus superiores la utilización del armamento durante la noche de los hechos, limpió el arma y le repuso municiones para impedir que se descubriera que él la había usado?,” dijo Cristián Cruz, abogado de la familia de Manuel. Actualmente el caso de Manuel Gutiérrez está siendo apelado en una corte marcial. La familia no ha sentido que a la fecha haya recibido una reparación adecuada por el crimen. Para ellos ha habido falta de apoyo efectivo por parte de las autoridades, falta de atención psicológica, ausencia de asistencia económica y, menos aún, justicia. El Estado chileno tiene la obligación, bajo el derecho internacional, de reparar el daño causado por sus agentes. “No queremos que vuelva a ocurrir lo mismo. No queremos otro Manuel. Sabemos lo que se siente perder un ser querido, perder un hijo, un hermano, un nieto, perder un tío en el caso de mi sobrino. Es el dolor más grande que se puede sentir,” afirmó Gerson.

 

millacura

El asesino del estudiante de 16 años Manuel Gutiérrez es el que fuera sargento de Carabineros de Chile (policía militarizada) Miguel Millacura.

 Miguelmillacura

Fue sentenciado  por la justicia militar a 3 años y 1 dia de libertad vigilada.

Esa es la “justicia” para un asesinato en Chile!

Eso vale la vida de un estudiante, menor de edad, asesinado a mansalva!

 

https://www.facebook.com/events/1753901141544327/

 

“Regalo de Navidad”

(Todos somos Manuel Gutiérrez)

El 26 de agosto de 2011, en el momento más álgido de las protestas del movimiento estudiantil, un joven poblador de la Villa Jaime Eyzaguirre (Macul) recibió una bala disparada por un carabinero. Manuel Gutiérrez Reinoso falleció cuando tenía apenas 16 años y su muerte atrajo a una nube de periodistas que inundaron las pantallas con despachos en directo y entrevistas a sus familiares y vecinos. Pocos días después el interés de la prensa comenzó a menguar hasta extinguirse. La familia y los amigos del joven se quedaron solos con su duelo. En ese momento, cuando comenzó a bajar el polvo que la multitud de reporteros había levantado, Tania Tamayo pudo ver mejor cada detalle de lo que había sucedido e inició su trabajo. El resultado fue el libro “Todos somos Manuel Gutiérrez” (Ediciones B), un reportaje de investigación de largo aliento que ahonda en cada uno de los factores que rodearon la muerte del adolescente y que rescata su nombre del olvido al que fue relegado. Un silencio que sólo tuvo un corto paréntesis cuando en mayo de este año se supo que el autor del disparo, el cabo Miguel Millacura, fue condenado a 400 días de presidio remitido. Periodista y docente de la Universidad de Chile, este trabajo de Tania Tamayo ofrece un minucioso y prolijo retrato de Manuel y de su familia, de las circunstancias que desencadenaron el crimen, de la iglesia evangélica a la que pertenecía y de la tensión permanente entre pobladores y Carabineros. CIPER presenta a sus lectores la reproducción del capítulo 4 (“Regalo de Navidad”) de esta investigación periodística de reciente publicación.

Por Tania Tamayo Grez

http://ciperchile.cl/2015/12/30/todos-somos-manuel-gutierrez-el-escolar-baleado-por-un-carabinero/

Los Gutiérrez Reinoso pasaron la noche de Navidad de 1994 sabiendo que el niño estaba por nacer. Se habían comido el pollo, la carne y las ensaladas, no sin antes agradecer en una oración los alimentos que su Señor les había otorgado. La madre había subido más de veinte kilos en los últimos dos meses y su piel morena estaba tan hinchada que esa noche no pudo lucir los tacos altos que la caracterizaban. De hecho, por esos días pedía que la levantaran cuando terminaba de comer y que la ayudaran a sentarse cuando quería descansar.

Y, con mayor razón, que fueran a comprar por ella, porque ya no podía salir a la calle con su caminar coqueto y elegante, siempre sin bolsas o paraguas en las manos; nada que le quitara el garbo de mujer bella, destacando siempre entre las callejuelas, los perros vagos y el cuchicheo vecinal de la villa Jaime Eyzaguirre.

Siempre había salido así, con aros largos de fantasía, los hombros hacia arriba, las rodillas bien flexionadas, la sonrisa y la distancia, cuando cien metros más allá operaba la señalética secreta de la droga con los silbidos de los dealers de la pasta base y la merca. Cerca incluso de la prostitución cruda de la rotonda Quilín, compuesta de propuestas sexuales baratas y caras, dependiendo del modelo de los autos que la circundaban.

Mireya no era como las otras mujeres de la población.  Y si lo era, disimulaba, tal vez porque la precariedad económica, la sencillez y el hambre le traían malos recuerdos de esas tardes de infancia en los años 70 dentro de la villa Santa Julia, cuando alguien de su familia postiza la mandaba a comprar pan y chancho para la once y en el camino se robaba, sagradamente, una rebanada de cecina y la comía atragantándose en la calle porque sabía que, ya estando en la mesa, el alimento no alcanzaría para ella. Muchas veces había pasado eso, se había quedado mirando cómo otros comían, y luego, para olvidar el hambre, se iba a leer un cuento, o a jugar sola, a la casucha del patio donde vivía con su mamá.

Pero era fuerte y tan  bien portada que, más grande, aguantándose las ganas de cualquier encuentro sexual con su novio, se casó virgen con un vestido blanco brillante y un velo transparente cubriéndole el rostro. Y tan correcta que, cuando su madre ciega la llamaba para golpearla, ella se acercaba y se ponía en posición para que el palmetazo le fuera bien dado y su progenitora no se equivocara dándole hacia otro lado. Así fue la vez que prestó el único polerón que su mamá le había podido comprar, rojo y de algodón, pero que sus hermanas postizas quemaron sin querer con un cigarro. Entonces a Mireya le llegó una tunda tan fuerte —no se acuerda si con un cinturón o con la manguera— que nunca más olvidó.

Era sabido que Mireya había nacido producto de una violación descarnada a su madre cuando esta no tenía más de 20 años. Una verdad que la había devastado cuando se la contaron a los 12 y que la dejó llorando por días, pero no al punto de paralizarla. “Fue a la fuerza”, eso le dijo la mamá cuando ella ya estaba en edad de entender. Era sabido también que hasta el año y medio de vida anduvo de guardadora en guardadora pagada por el Estado, viviendo situaciones de desprotección absoluta. Todo lo que la imaginación permite: descuidos de guardadoras ausentes, ratones rondando, intoxicaciones. Solo está viva por la gracia y obra de su Señor, asegura.

portada Todos somos Manuel.inddPero el niño, su niño, el que ahora tenía en el vientre y que estaba a punto de nacer, era producto de un matrimonio bien constituido entre ella y Manuel Gutiérrez Aburto, con quien ya tenía tres hijos pequeños —dos niños y una niña— que no siempre fueron testigos de lo difícil que se volvía la vida conyugal, la necesidad económica y la violencia, a veces, a puertas cerradas.

Sin embargo, con el tiempo los asuntos matrimoniales parecían haberse arreglado y este hijo que venía en plena Navidad era esperado por el matrimonio más de lo que fueron los otros tres. Lo concibieron pensando que los acompañaría en la vejez, aprovechando  lo que creían era la madurez de ambos y planificando su nacimiento para el año siguiente, pero como no usaban métodos anticonceptivos lo concebirían antes de la fecha prevista y nacería en la Maternidad del Hospital Salvador, llamándose Manuel como su padre y Eliseo como el profeta hebreo de esa Biblia que tanto leían en la casa y en el templo.

Minutos después de acostarse en la cama ese 24 de diciembre, a Mireya se le rompió la bolsa.  Y cuando el líquido amniótico comenzó a avanzar entre sus piernas hacia las sábanas supo que había que llamar a la ambulancia.

En el hospital, en tanto, los funcionarios de turno no habían dejado de celebrar la Nochebuena. Se sentía en los alientos, se veía en los vasos plásticos  dispersos por ahí, en los adornos que se desplegaban más que pacientes y médicos, en las cumbias, en las canciones chillonas de moda, una tras otra, junto a las melodías navideñas de las luces titilantes que iluminaban los pinos de plástico verde. Mientras, el dolor de la parturienta se elevaba al punto de la inconsciencia, ya que por protocolo no había inyección epidural para ella: no se estilaba en esos años y en ese hospital, a diferencia de las clínicas privadas del país donde el procedimiento que le quitaba parte del dolor a la madre ya estaba instalado.

Esa noche, el trabajo de parto incluyó el lavado de la zona pélvica con una manguera, hecho por una auxiliar que se balanceaba entonada de un lado para otro, y que paradójicamente le decía a la madre “no se mueva, señora”. Duró hasta las siete de la mañana, cuando le pidieron que pujara en medio de la fatiga, los cólicos, el efecto somnoliento de la atropina y mientras le rogaba al cielo que le diera fuerzas.

Y nació Manuel Eliseo, engrasado hasta decir basta, con un color verdoso y los ojos cerrados, midiendo 51 centímetros y pesando 3,780 kilos, a las ocho y cinco minutos del 25 de diciembre de 1994. Pero ella no lo vio más hasta las cuatro de la tarde, cuando se lo trajeron a la sala común donde descansaba junto a once mujeres más en once camillas. Lo vistieron de traje verde agua —jamás de amarillo porque la creencia popular decía que eso les daba ictericia, poniéndolos amarillentos, lo que obligaba a dejarlos bajo una luz blanca en las cunas de neonatología—, un color un poco más claro que el azul de los ojos del pequeño que apenas lloraba comparado con el resto de los niños, como un muñequito de cera, el mejor portado, el que siempre sabría cómo y dónde actuar, de tal o cual manera, hasta el día de su muerte.

Un par de años después le celebrarían a Manuel, junto a uno de sus hermanos, el cumpleaños número dos. Había galletas, golosinas y botellas de Sprite en el patio lateral de la casa que compartían con otras dos familias. El niño, sentado en una silla de mimbre con un respaldo enorme, soplaría las velas sin sacarse el sombrero de Rey León con pompón en su punta, y posaría para las fotos con la boca grande, refulgente y feliz. Ese día, como otros, lo vestirían con calcetines y sandalias de cuero café, pantalones o jardineras de cotelé, iguales a las de sus otros dos hermanos hombres, porque Mireya compraría siempre en el barrio Franklin las mismas tenidas para sus tres hijos, pero de distintos colores: verde, rojo, café; o café, amarillo, azul, sin confundirse.

Mientras que para su hija adquiriría un par de veces al año vestidos fabricados con ondas y flores, bien de niñita, hasta que la pequeña tuvo once años y no quiso lucir más como “cabra chica” con blondas y broderie.

Nadie ha sabido explicar por qué Manuel Eliseo siempre gozó de cierto favoritismo entre sus padres y su abuela, quien después de mandarlo a comprar le decía al oído, cerrando la puerta: “mijito, ahí tiene 100 pesos para que se compre un yogurt”. Nadie ha sabido explicar por qué no podían llamarlo Manuel, sino Manolito o Manuelito, como decía la mamá, y por qué Mireya había fabricado un marco colgante con cartón, género naranjo y cintas, como le habían enseñado en el taller de la iglesia, solo para sus fotos —dispuestas en orden cronológico—,  las que ornamentaban el pequeño living y que guarda hasta hoy, con todas las otras fotos sonrientes del niño en una caja de zapatos. Donde está la pañoleta palestina, blanca con negro, que llevaba puesta la noche que lo mataron y que hasta hace poco conservaba su olor y su sangre.

“Con esta pañoleta me voy a ir a la tumba, es mi único deseo”, promete Mireya. “Ahí tiene su ‘sangrecita’. Está en la misma bolsa que me entregó la chiquilla que le dio los primeros auxilios. Me acuerdo que me llamó al otro día del balazo, cuando yo estaba como loca y la casa estaba llena de gente y de periodistas. Me la pasó y me dijo que se había quedado con la pañoleta de mi hijo para entregármela en mis manos.  Y con esto —la aprieta contra su pecho— yo me voy al cajón, a la tumba. Esto se va conmigo. Nadie me lo quita”.

Artículo escrito hace 5 años:

La muerte de Manuel Gutiérrez y la impunidad policial en Chile

POR: Pascual Cortés, agosto 30, 2011 http://www.sentidoscomunes.cl/la-muerte-de-manuel-gutierrez-y-la-impunidad-policial-en-chile/

Hace tan solo unos días, el General Sergio Gajardo descartaba “de plano” cualquier vinculación entre la institución de Carabineros y la muerte de Manuel Gutiérrez, el joven menor de edad cuya muerte se verificó el 25 de agosto tras haber recibido un impacto de bala en Macul durante las jornadas de movilización convocadas por la CUT. Sorprendentemente, un par de días después, el General José Luis Ortega informó que se había dado de baja a un suboficial, Miguel Millacura, quien reconoció haber disparado su arma UZI de 9 milímetros (calibre que coincide con el que impactó a Manuel Gutiérrez) la noche en que el joven murió en Macul. Finalmente, la PDI confirmó que la bala que impactó a Manuel Gutiérrez fue disparada por Millacura. El suboficial se encuentra detenido para ser formalizado ante la Justicia Militar. La errática reacción que ha mostrado Carabineros ante este caso es totalmente reprochable.

[cita destacada] Hasta el momento, por las 2.634 denuncias, sólo 29 carabineros han sido condenados y ningún carabinero ha puesto un pie en la cárcel. [/cita destacada]

Mientras el hermano de Manuel Gutiérrez declaraba ante la prensa que estaba convencido de que Carabineros era responsable de la muerte de su hermano, las autoridades policiales aparecían negando toda posibilidad de vínculo con el acontecimiento. La escena se asemejaba a los más oscuros episodios de nuestra historia, donde las fuerzas armadas y de orden negaban de forma tajante su responsabilidad respecto de muertes, desapariciones y torturas, atribuyéndole responsabilidad a actores externos. Lorena Fríes, directora del Instituto Nacional de Derecho Humanos (INDH) criticó la decisión inicial de Carabineros de no abrir un sumario y de desvincularse de la muerte de Manuel Gutiérrez. En este sentido, señaló: “No nos parece que la respuesta ‘de plano’ de Carabineros sea ‘no vamos a investigar porque no tenemos nada que ver’”. Agregó: “[E]n esto se requiere el máximo de transparencia, porque si no, lo que se va generando es una escalada de desconfianza entre la ciudadanía y Carabineros”.

¿Cómo no se va a generar desconfianza hacia la institución de Carabineros si cada vez con más frecuencia tomamos conocimiento de denuncias de violencia desproporcionada? Sólo por mencionar hechos particularmente escandalosos podemos recordar la reciente denuncia de un universitario que alegó haber sido torturado por Carabineros; los incidentes de violencia verificados en julio en Dichato o la brutal detención del estudiante Recaredo Gálvez. Lo cierto es que las denuncias son muchas más y lo más preocupante no es tanto que estas situaciones ocurran sino la imposibilidad de ejercer un control efectivo sobre la policía.

[cita destacada] Los datos son muestra fehaciente de cómo opera la impunidad policial en Chile; de cómo frente a casos gravísimos la Justicia Militar responde con indiferencia o con penas ridículas. [/cita destacada]

Es hasta espeluznante, pero la realidad es que en los últimos años ningún carabinero ha quedado preso por haber sido responsable de violencia desproporcionada. Y no han faltado casos. Tampoco han faltado responsables. Como se señala en el Informe Anual de 2010 del INDH (1), y de acuerdo a información proporcionada por la Secretaría General de Carabineros, “entre los años 2006 a febrero de 2010, han ingresado 2.634 causas por el delito de violencias innecesarias y 116 por el delito de detención ilegal en las distintas fiscalías militares del país”. La misma fuente indica que 29 carabineros han sido condenados en el período consultado, todos favorecidos con el beneficio de la remisión condicional de la pena, incluido el único condenado por el delito de violencias innecesarias con resultado de muerte, condenado a la pena de 200 días de presidio remitido. Por su parte, 28 funcionarios en servicio activo se encuentran actualmente procesados por los delitos de violencia innecesaria con resultado de muerte o lesiones y detención ilegal”. En resumen, hasta el momento, por las 2.634 denuncias, sólo 29 carabineros han sido condenados y ningún carabinero ha puesto un pie en la cárcel.

Podemos recordar también los casos de los jóvenes mapuches Alex Lemun, Matías Catrileo y Jaime Mendoza Collío, todos ellos fallecidos durante los últimos diez años como consecuencia del uso de armas de fuego por parte de carabineros. Los Carabineros responsables de dichos actos siguen en servicio activo. Estos datos son muestra fehaciente de cómo opera la impunidad policial en Chile; de cómo frente a casos gravísimos la Justicia Militar responde con indiferencia o con penas ridículas. ¿Acaso el civil responsable de dar muerte a un carabinero recibiría una pena similar a 200 días de presidio remitido?

Un factor importante que permite que esta impunidad se perpetúe es el sistema de justicia militar que existe en Chile. A pesar de reformas parciales y desconociendo lo señalado en una sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que condena al Estado chileno (2), la Justicia Militar aun juzga los delitos de violencia innecesaria cometidos por militares y carabineros contra civiles. La Justicia Militar, donde militares juzgan a militares, ha probado no ofrecer las garantías mínimas de debido proceso, por lo que ningún civil debería involucrarse en un procedimiento ante esta jurisdicción ni como imputado ni como víctima. Ya hemos visto, con cifras, cómo la Justicia Militar logra cuidarle las espaldas a sus colegas, desincentivando un control efectivo sobre el actuar desmedido de la policía.

Como ciudadanía tenemos que estar dispuestos a denunciar la violencia policial y su impunidad. Tenemos que exigir mayor control a las fuerzas armadas y de orden público por parte de nuestras autoridades civiles, en especial del Ministerio del Interior. Tenemos que exigir que las altas autoridades uniformadas así como el Ministro del Interior asuman sus responsabilidades ante estos hechos de violencia. Debemos exigir además una reforma seria a la Justicia Militar, adecuada a los estándares internacionales de derechos humanos donde los civiles no se enfrenten a militares y policías juzgados por sus pares.

¿Correrá el caso de Manuel Gutiérrez la misma suerte de la mayoría de las querellas por violencia innecesaria contra carabineros? Ojalá que no. Habrá que estar atentos y hacer todo lo posible para evitar que, una vez más, quienes detentan el uso de las armas se laven las manos ante la injusticia.

Notas:

(1) Ver: Instituto Nacional de Derechos Humanos. Informe Anual 2010. Situación de los Derechos Humanos en Chile. página 108. Disponible aquí.

(2) Corte Interamericana de Derechos Humanos. Caso Palamara Iribarne v. Chile. 2005. Disponible aquí.

Hermano de menor muerto en Macul: “Yo vi disparar a Carabineros”

HERMANO DE MENOR MUERTO EN MACUL: “YO VI DISPARAR A CARABINEROS”

Manuel Eliseo Gutiérrez Reinoso (16) cursaba tercero medio, asistía a la Iglesia Metodista Pentecostal y no se metía en las protestas, dice su familia. Pero su curiosidad le costó la vida. La bala que le dio la muerte será analizada por peritos de la PDI y resulta clave para determinar eventuales responsables.

Viernes 26 de agosto de 2011 | por Claudio Leiva Cortés / Fotos EFE

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“Yo vi disparar a los carabineros y no soy el único testigo”, reiteró esta mañana el joven minusválido Gerson Gutiérrez Reinoso (23),hermano del adolescente que falleció de un balazo en la comuna de Macul, este viernes en la madrugada, al término del paro de la CUT.

Manuel Eliseo Gutiérrez Reinoso (16) cayó herido poco después de la medianoche, cuando llevaba a su hermano en silla de ruedas a ver las manifestaciones que se desarrollaban en Américo Vespucio a varias cuadras de su domicilio, ubicado en calle Olga Poblete con Ramón Cruz.

Los 2 hermanos se dirigían por el pasaje Amanda Labarca en dirección a la autopista, en compañía de su amigo Giusepe Ramírez (19), cuando sintieron tres balazos. Uno de los proyectiles impactó en el tórax al “Manolito”, como le decían a la víctima en la villa Jaime Eyzaguirre.

Gerson Gutiérrez recordó que “íbamos caminando hacia la pasarela que está al final del pasaje cuando apareció un radiopatrullas de Carabineros y comenzaron a disparar. Estoy seguro de que fueron ellos. Uno de los balazos le llegó a mi hermano en el pecho y cayó al suelo”.

“HERMANO, ME DIERON”

“Él se sacó la mano del pecho y me dijo ‘me dieron’. La tenía con sangre y traté de animarlo, de despertarlo, para que no se quedara dormido, y él me decía ‘estoy bien, hermano, tranquilo, voy a salir de esta’. La Defensa Civil me ayudó a llevarlo a la posta”, añadió Gerson Gutiérrez.

En tanto, Jacqueline Gutiérrez, hermana de la víctima, contó que en un principio creyeron que el joven había sido herido por un perdigón o por un balín, “pero después los médicos de la posta nos dijeron que no habían podido salvarle la vida, porque era una bala de grueso calibre”.

Precisamente, la naturaleza del proyectil es clave para determinar su origen y los eventuales responsables.

La bala fue extraída del cuerpo de Manuel Gutiérrez durante la autopsia que se desarrolló este viernes en el Servicio Médico Legal (SML) y luego fue entregada a los peritos de la PDI para su análisis.

La investigación del caso quedó en manos de la Fiscalía Oriente, bajo el rótulo de homicidio. Las primeras indagatorias fueron encargadas al Laboratorio de Criminalística (Lacrim) de la PDI y a la Brigada de Homicidios Metropolitana.

EVANGÉLICO Y ESTUDIANTE

Manuel Eliseo Gutiérrez Reinoso era el menor de 4 hermanos (Isaac, Jacqueline, Gerson y la víctima) y vivía junto a su familia en calle Olga Poblete 4668. Estudiaba tercero medio y asistía a la Iglesia Metodista Pentecostal de la comuna de Macul.

Los vecinos lo recordaron como “un joven muy respetuoso, tranquilo y querido por todos. Se crió en la iglesia evangélica para acompañar a su abuelita. No se metía en las protestas ni en política y le gustaba jugar a la pelota”.

De hecho, el jueves en la tarde, antes de la tragedia, “Manolito” había estado jugando a la pelota con su amigo Giusepe Ramírez, sin imaginar que pocas horas después su curiosidad le costaría la vida.

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Una respuesta a Chile grita: ¡Manuel Gutiérrez, presente! – Su último tiempo, su último aliento – “Regalo de Navidad” – Chile: “No sabía que existían dos tipos de justicia hasta que nos ocurrió esto” – A 5 años de su asesinato: actos, mitines, marchas, por un lado; represión e impunidad por otro – De hace 5 años: “La muerte de Manuel Gutiérrez y la impunidad policial en Chile” ¿Qué ha cambiado? “HERMANO, ME DIERON”

  1. ¡¡¡La muerte de Manuel Gutiérrez de 16 años me duele mucho, pero más me duele la impunidad policial en Chile El asesino fue sentenciado por la justicia militar a 3 años y 1 dia de libertad vigilada!!!
    ¿Esa es la “justicia” para un asesinato en Chile?
    ¿Eso vale la vida de un estudiante, menor de edad, asesinado a mansalva?
    ¡¡¡Por favor revean esta sentencia que los denigra!!!

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